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viernes, 25 de julio de 2008

CUATRO APUNTES SOBRE POESÍA PERUANA

Cuatro apuntes sobre nueva poesía peruana / Jerónimo Pimentel




El mundo se hace más viejo, sin ponerse mejor ni peor,
y lo mismo ocurre con la literatura.
Harold Bloom entrevistado por Antonio Weiss.
The Paris Review, 1990




La crítica

No existe un panorama serio de la poesía peruana pasados los ochenta, pero habría que ser muy mezquino para creer que ese es un problema de los poetas. La diversificación estilística, la heterogeneidad, o la etiqueta académica mediante la cual se quiera clasificar ese estado de las cosas tan cercano al laissez-faire (o, en peruano, al que cada uno haga lo que le da la gana), es el estatus que —felizmente— prima en las letras peruanas desde hace más de veinte años, cuando los últimos grandes programas u horizontes estéticos —y sus remilgos— se pronunciaron. Ese fue el desenlace natural al que llegaron todos los discursos modernos una vez acaecida la posmodernidad.

El problema, entonces, es que no existe problema. La falta de orientación, o de un canon que permita estructurar las lecturas mediante las cuales los nuevos poetas se han de adentrar en la sopa cósmica del lirismo, o bien, la mera ausencia de guías prácticas que provean ubicación a los interesados en conocer a los nuevos baluartes de las letras peruanas, es problema de la crítica, que desde hace décadas se empecina en instaurar tropos tan dañinos como la sinonimia entre década y generación, y que evade su responsabilidad de abordar las obras de sus connacionales y coetáneos, aunque es muy claro que nadie debería tener el imperativo de afrontar académicamente —entendámonos— a, por ejemplo, Leo Zelada o Paolo de Lima. Pero un momento. ¿Acaso las obras de Antonio Cisneros, José Watanabe o Enrique Verástegui —el canon actual— poseen un corpus teórico que provea al lector interesado de herramientas hermenéuticas mediante las cuales sea posible decantar y degustar a estos autores? La respuesta es no, ya que la poca crítica literaria existente, o es de periódico o está comandada por los mismos profesores que enseñan en las mismas aulas hace cuarenta años, y que siguen insistiendo en que la poesía peruana acabó con Luis Hernández, e impelen a sus estudiantes a hacer la variante centésimo novena de la construcción de la identidad de Zavalita en Conversación en La Catedral —que por supuesto, está bien—, llenando ficheros con las mismas especies desgastadas y decoloradas para luego preparar su viaje a alguna universidad de Texas donde con suerte alcanzarán una maestría preparando un refrito sobre la oralidad en Bryce Echenique. Los poetas peruanos, ciertamente, no son culpables de eso. O en todo caso, se puede asegurar que el fenómeno de la ausencia de ejes reconocibles es regional, y no local. Porque ¿quién es la gran figura de la poesía argentina después de Zelarayán o Perlongher, si es que ellos alguna vez cogieron la posta de Borges o Gelmán? ¿Acaso Fabián Casas o Washington Cucurto? ¿Arturo Carrera? ¿Martín Prieto o Gambarotta? ¿Y quién el de la poesía chilena después de Enrique Lihn? ¿el ya fallecido Rodrigo Lira? ¿Raúl Zurita, quien le escribe poemas al presidente Lagos? ¿Y la colombiana después de Gómez Jattín?, si es que en algún momento se puede considerar a la obra del perturbado cartageniense como matriz de alguna tradición.



Una bacteria llamada poesía

Para 2003, existían sólo en Lima más de siete grupos literarios encargados de difundir sus propias obras e ideas a través de manifiestos, panfletos, trípticos y plaquetas. Surgidos de las universidades Católica, San Marcos y Villarreal, estos noveles escritores no tenían otra forma de ver impresa su poesía que mediante la colectivización, que no implicaba, salvo alguna afinidad estética relativa, un programa ideológico compartido. La finalidad real era la publicación, llenar un vacío instaurado por la grosera falta de editoriales que miren con interés la poesía, producto esto, tal vez, de una displicencia social que no existía hace algunas décadas. Los nombres de estos grupos eran: Sociedad Elefante (poseían incluso un programa de radio en 1160, «La Divina Comedia», dirigido por Miguel Ángel Sanz Chung y Moisés Sánchez Franco), Segregación, Coito Ergo Sum, Cieno, El Club de la Serpiente y Colmena. Su futuro fue disímil, pero al menos fueron la plataforma de más de un talento, como el caso del irreverente Dante Ayllón de Segregación o de Romy Sordómez de Sociedad Elefante.

Sin embargo, el proyecto editorial (llamémosle así) más certero que ha arrojado el 2000 es el Álbum del Universo Bacterial (AUB), una colección dirigida por Arturo Higa que nació con la edición de su propio poemario, cieloextenso (2002). Artefacto gráfico o libro-objeto, Higa se encargó, asumiendo el trabajo de producción editorial, de dotar a sus poemas de un plus significativo, «elaborando el diseño del poemario de tal forma que el libro como producto alcanza su más alto grado comunicativo, que es de lo que finalmente se trata». El sello de Higa ha publicado ya cinco libros de poemas en tres años, pues al suyo se añade Lima 11 (2002) de Francisco Melgar, San Felipe Blues (2004) de Bruno Mendizábal, Lugares prácticos (2004) de Emilio J. Lafferranderie, y Mi niña veneno en el jardín de las baladas del recuerdo (2004) de Tilsa (a secas).

A pesar de ciertas coincidencias en los tres primeros volúmenes, eventualmente hermanados por la intención narrativa y la geografía compartida (el distrito de Jesús María), todos poseen estéticas muy definidas y personales. Los Blues de Mendizábal son una reedición de una plaquette agotada e inencontrable que publicara a fines de los noventa la Editorial Asaltoelcielo. El redescubrimiento de la cotidianidad, la posesión de la Residencial San Felipe como universo cuyos espacios compartidos son fuente de apocado lirismo (The Eternal Boys, Pinball Queen), contrastan, por ejemplo, con los tópicos del libro de Melgar, cuyo manejo de referencias pop mediáticas (la banda de rock Replacements por ejemplo), junto a recuerdos familiares y ausencias sentidas, va construyendo un tejido a veces afortunado, otras demasiado limítrofe con el relato para tener una valoración lírica, que destila una nostalgia muy americana, un tanto cercana a ciertos textos de Sam Shepard, que versa y tiene como origen, no gratuitamente, la Calle Estados Unidos del distrito clasemediero. Por su parte, en cieloextenso, de Higa, la voz poética se presenta límpida, yuxtaponiendo imágenes nítidas, objetos sugerentes que cobran sentido en ese horizonte de la intimidad al que alude el título, un mundo amplio en el que instantes, anécdotas y escenas de la mundanidad obtienen un nuevo sentido que acaba siendo redentor: «En este mundo extraño nadie sabe quién eres. Observas la pradera. Postes eléctricos. Las luces de tu cuarto. Libros. Zapatos. Cuadernos. Piensas en escribir que saliste de casa esta noche porque te espera en casa. Cuidas el lugar. Lo que estuvo escrito. Y coincidió. Mi literatura nos tiene que salvar».

La aparición de la poesía de Lafferranderie rompe el velo de coloquialismo en un principio atribuible al AUB. Minimal, abstracto hasta lo geométrico, el poemario propone una sensibilidad contenida por lo racional que requiere del lector una apertura a una estética fría, de un ritmo pausado y cortante («algo que pudo ser una vocal/ un paradigma del desvelo/ ahora busca un tejido tentativo// medios para aplacar la división/ el rectángulo y la risa// planos que no llegan a marcarse...»). Es una poesía de planos arquitectónicos, no de edificios, y las construcciones cromáticas, sonoras, que va proponiendo Lugares prácticos, son solo esbozos, insinuaciones recubiertas de un aparente hermetismo que in extremis da paso a un plano en el cual la palabra fluye (nombra) libremente.

Por su parte, Tilsa rompe —una vez más— la perniciosa ecuación «mujeres igual poesía del cuerpo», y con una actitud literaria muy cercana a la de Luis Hernández presenta cuadernos de poemas elaborados a través de cuatro años. Mi niña veneno... en tanto ordenamiento cronológico permite apreciar la evolución de la autora (de apenas 20 años), que se inicia con el descubrimiento del poder de las palabras a través de un ludismo ciertamente naif («mi corazón está minado/ abre fuego a cada latido/ latido/ latido/ latido/ el número que has marcado no existe»), para luego acercarse a una extraña madurez de cadencioso desencanto («me gustaría averiguar,/ cómo entraste a mi casa-/corazón,/ porque no tiene puertas ni ventanas,/ de casa sólo tiene las luces apagadas/ me gustaría saber como tú/ pero mientras más pienso en ellos/ menos entiendo otras cosas»). Precisamente, una prosa de Tilsa es la que inspira el título de la colección de Higa: «Candor estornudó y purificó al mundo con su universo bacterial».



Dos poetas

Toda la poesía peruana está llena de insulares, por lo que mal vale su utilización como usufructo mediático. Sin embargo, José Carlos Yrigoyen y Julio Llerena se alzan como las voces más representativas de una poesía fresca y con ideas.

Luego de una opera prima más bien irregular, El libro de las moscas (1997) —de la cual el propio autor se permite distanciar indirectamente en su último libro—, Yrigoyen publica dos poemarios promisorios: El libro de las señales (1999) y Leslie Gore en el infierno (2004). El primero es un largo poema-río en el que la voz poética echa mano de numerosos recursos retóricos (digresiones bélicas, disquisiciones familiares, también reflexiones estentóreas) para articular un largo discurso acerca de la marginalidad del amor, representada en su último grado por un eros explícitamente homoerótico. Leslie Gore..., por su parte, es una apropiación personalísima de una estética B (representada por la actriz y cantante estadounidense que titula el libro, elevada a la categoría de héroe massmediática en la pluma de Yrigoyen), produciendo un juego de voces (y espejos) en el que el autor pasa de la ternura a la decadencia, del glamour emplumado al fetichismo nazi, antípodas todas entre las que se va prefigurando un Yo en conflicto, cuya crisis es finalmente el alimento de un lector que el libro también anuncia.

El caso de Llerena es distinto. En Hechos reales (2003), él se apropia de la experiencia del migrante para buscar los espacios de intimidad en los que finalmente se devela la compostura de los habitantes de Miami, abordados desde la privilegiada perspectiva del que ve sin ser visto, lo que permite mostrar una urbe más contrastada, más piadosa, que aquella que resuena en los ecos del american dream para latinos: «conozco tu reino// sé a qué hora despiertas/ a qué hora vuelves del trabajo/ conozco a tus amigos/ la ubicación inmóvil de tu cama// alguien supone desde afuera/ tu secreta vida interior/ transita por tu puerta y te imagina vivo/ tras la puerta// yo en cambio tengo memoria de tus hechos reales/ tu rastro inútil hermoso/ por la tierra». De verso cadencioso y nostalgia contenida, Llerena expone a los (que serían) antipersonajes de una ciudad estigmatizada por su calurosa frivolidad (la señora Stark, el señor Stern, Paul Miller, la enfermera colombiana), recogiendo trazos y restos de vidas inacordes, inconclusas, para enfocar la mirada en aquello que los humaniza, que los hace universales.



Coda

En el Perú de hoy, más que nunca, la poesía es un gesto de secta prácticamente destinado a desaparecer. Es casi imposible encontrar a un lector de poesía que no escriba poesía, lo que no tendría nada de malo si es que eso no significara que el auténtico «lector de poesía», el genuino receptor, el que lee exclusivamente por goce, es una especie en extinción. La contradicción permanece en el imaginario del consumidor de diarios en el sentido de que la práctica literaria sigue poseyendo una alta consideración en determinados círculos en apariencia ilustrados, y eso mantiene un reflejo (un espejismo) en las páginas culturales de ciertos periódicos o medios de comunicación. Pero inevitablemente esa estima social es algo que gradualmente desaparecerá. Las clases medias están pauperizadas, no existen bibliotecas públicas con presupuesto para renovar sus colecciones literarias, y la alta burguesía manifiesta un desprecio a la cultura letrada tan grande, que el libro en sí mismo ha perdido incluso su carácter suntuario, de sofisticación snob, y por eso las salas de las casas de playa del sur o de los distritos pudientes están atestadas de piratería (de, sobre todo, libros de autoayuda). «Cuando me preguntan a qué me dedico, siempre contesto que soy un historiador del medioevo. Eso congela la conversación. Si uno les dice que es poeta, uno es objeto de miradas raras que parecen decir: “¿De qué vivirá?”. En los viejos tiempos, un hombre se enorgullecía si en su pasaporte decía Ocupación: Caballero.» La cita es de Auden.





Notas

[1] Luis Fernando Chueca ha elaborado un mapa de la dispersión estilística en los noventa, en el que localiza hasta nueve categorías. “Consagración de lo diverso. Una lectura de la poesía peruana de los noventa”. Lienzo, 22, pp. 61-132.
[2] Hora Zero.
[3] Kloaka.
[4] Las vanguardias son el súmmum de la modernidad.
[5] Cuya función es estrictamente difusora, por lo que no posee rigor, ni aspiración sistémica, ni ninguno de los requisitos que debería cumplir una crítica, digamos, universitaria. Lo que pasa es que se le atribuye una función que no le corresponde, y es satanizada precisamente por aquellos académicos de claustro que nunca publicaron nada.
[6] Pimentel, Jerónimo. “Lo que se viene”. Múltiple, 5, febrero/abril 2003.
[7] Entrevista personal con Arturo Higa Taira.
[8] La idea es de Rodrigo Quijano.



[fuente: Revista Quehacer Nro. 149 (Jul-Ago. 2004)]

martes, 1 de julio de 2008

PANORAMA ACTUAL DE LA LITERATURA PERUANA

Panorama actual de la literatura peruana / Reinhard Huamán Mori




Contrario a las grandes carencias que padece el joven circuito literario peruano, producto del casi inexistente apoyo institucional y económico por parte del Estado y la empresa privada, sumado a los bajos niveles educacionales y de lectoría que padecen nuestras escuelas, podemos decir que en el Perú se practica y se genera muy buena literatura.

Pero, más allá de incurrir en el eterno juego de víctimas y victimarios con nuestra propia realidad, advertimos que la actual producción literaria se ve respaldada por las capacidades de sus representantes en el terreno de la gestión cultural. Todo poeta, narrador, crítico, director de revista o editor que desee ver su producto circulando en el mercado (librerías, ferias de libro o presencia en el canon), está obligado a convertirse en contador, distribuidor, organizador de eventos, publicista y hasta en vendedor [1]. Quizás esta sea la característica principal de esta nueva “generación”: su imperante necesidad por hacerse un nombre, un común y dispar esfuerzo por ser escuchado, aún cuando los métodos utilizados bordeen lo caricaturesco y/o adopten actitudes al estilo del peor talk show latinoamericano [2].



El boom editorial

Paradójicamente, a partir de 2001 en adelante el número de editoriales nuevas y serias ha ido en aumento, al igual que la rigurosidad de sus procesos de selección de sus autores publicados [3]. Este boom editorial contrasta plenamente con “la tendencia natural” de los jóvenes estudiantes universitarios (poetas o narradores y hasta aprendices de teóricos literarios), a formar grupos que giraban en torno a la publicación de plaquettes o revistas (en muchos casos una muy buena revista), pero nunca fueron más allá de eso [4].

A diferencia de las décadas anteriores, como los 70, 80 y 90’s, los autores, sobre todo los poetas, se organizaban en revistas, colectivos y agrupaciones con el fin de forjar una voz colectiva y tener mayor impacto en los medios, y así obtener el reconocimiento anhelado. Muchos de ellos tuvieron mayor relevancia pasados los años [5] (Hora Zero y Narración en los 70’s, Kloaka en los 80’s, entre otros), mientras que hubieron aquellos que dejaron un leve rastro y se evaporaron tal como vinieron: fugazmente.

No obstante, a inicios del siglo XXI las revistas y agrupaciones dejaron de tener mayor trascendencia debido a que ya no era necesario agruparse para ser escuchado ni tampoco para editar libros en colectivo [6], ya que económicamente publicar un libro no es tan costoso como hace 10 años atrás. Por esta razón, la fórmula del éxito ya no reside en las publicaciones periódicas, sino en la propia capacidad publicitaria y massmediática de sus autores.

Actualmente, las voces colectivas han dado paso a las individuales, ya que la proliferación de medios informativos en web les permite evadir la dolorosa y sufrida convivencia de egos y celos literarios. Ya nadie se une para tocarle la puerta a una editorial, sino que se lanzan a crear la suya y publicar sus propios libros y los de sus amigos, con lo cual se empieza a ver, por primera vez en mucho tiempo, a la edición como un negocio casi rentable dentro del mercado literario peruano, dejando atrás los quijotismos y la idea romántica del arte por el arte.

A pesar de esta actitud un tanto naif, aún es irrisorio hablar de una industria editorial en el país [7], aunque es cierto que cada vez este negocio va extendiéndose. Si a fines de los 90 las revistas organizaban mesas redondas y debatían sobre literatura, ahora las jóvenes editoriales organizan festivales internacionales de poesía [8], coloquios de narradores y estudios literarios en general, además de ferias de libros (distritales, escolares, municipales).

Incluso, se generaron asociaciones y alianzas entre editoriales [9] y algunas revistas del medio limeño. Una de estas asociaciones fue la Red peruana de editores [10], cuyo fracaso supuso el nacimiento de Punche Editores Asociados [11], pero luego de un esperanzador inicio todo regresó al vacío cotidiano [12]. A pesar de no cumplir con los objetivos trazados inicialmente, se lograron pequeñas victorias como entrar a una cadena de librerías con tarifas reducidas, y tener mayor presencia en medios. Además, Punche cumplió una importante participación en la última Feria Internacional del Libro de Lima, en donde organizaron mesas de discusión sobre la actual problemática editorial y contó, además, con un stand en donde sus ediciones competían palmo a palmo con grandes editoriales internacionales y locales como Norma, Planeta, Peisa y Alfaguara.

Entre las editoriales con mayor impacto en el circuito capitalino tenemos a Solar, Matalamanga, Estruendomudo, Lustra, Álbum del Universo Bakterial, Campo de Gules y tRpode. La marcada preferencia por la narrativa [13] por parte de Solar se advierte en la publicación de las colecciones de relatos breves Peruanos ilustres de Alejandro Neyra y Mujeres a punto de alzar vuelo de Víctor Falcón; así como la novela corta Habrá que hacer algo mientras tanto de Ezio Neyra. Por su parte, Matalamanga también se caracteriza por dar espacio a la narrativa [14] y entre sus títulos figuran El arte, las mujeres, la muerte [15], Un hombre flaco bajo la lluvia (Armando Robles Godoy), Descuentos (Christiane Félip Vidal), Perros héroes (Mario Bellatín), entre otros.

Estruendomudo, como ya mencioné antes, empezó con la publicación de su periódico de poesía Odumodneurtse. Paulatinamente, el proyecto fue cobrando mayor fuerza y gracias al apoyo de la universidad Católica, nació la editorial, con lo cual la universidad se aseguró el lanzamiento y la promoción de sus jóvenes escritores [16]. En poco tiempo y gracias a la habilidad de su editor, Álvaro Lasso, la editorial fue creciendo hasta convertirse en una de las más importantes, publicando no solo a jóvenes narradores del medio, sino también a reconocidos escritores internacionales y locales (Selección peruana, muestra de 11 narradores peruanos [17]; Los inocentes, reedición del célebre libro de Oswaldo Reynoso, Una terraza propia (antología de narradoras argentinas) y Para Roberto Bolaños de Jorge Herralde. Por otro lado, su sello también edita poesía, en donde podemos encontrar de todo, desde los más grandes traspiés literarios, hasta buenos poemarios como el de Victoria Guerrero: Ya nadie incendia el mundo.

Por otra parte, las editoriales de poesía han ido floreciendo en medio del vasto desierto limeño. Así tenemos a Lustra Editores, de los poetas Víctor Ruiz y Sergio Camacho, quienes han editado a conocidos poetas peruanos como Rodolfo Hinostroza (Memorial de Casa Grande en 2005 y Nudo borromeo y otros poemas en 2006), Suzuki Blues de Renato Sandoval en 2006, además del propio libro de Ruiz, Aprendiendo a hablar con las sombras en 2004.

Asimismo, Campo de Gules, formada por Gonzalo Málaga, Diego Lazarte, Miguel Malpartida, y Alessandra Tenorio, ha publicado en 2005 los títulos Portarretrato (Alessandra Tenorio) y Los Multifuckers y otros cuentos de Gonzalo Málaga. Mientras que por una línea pulcra y conceptual transita tRpode, dirigida por Renato Gómez, la cual tiene en su haber los poemarios de Julia Ferrer, Gesto, en 2004; OILEAU, de su propio director en 2005; La transformación de los metales de Paul Guillén, Breviario de Gastón Fernández en 2006, y El Árbol de Reinhard Huamán Mori, en 2007.

Por otro lado, Álbum del Universo Bakterial, dirigida por Arturo Higa, trabaja la presentación y formato de sus ediciones basándose en las lecturas y la sensibilidad que los poemas proponen. Así tenemos los poemarios Cieloextenso del propio Higa, en 2002, Lugares prácticos de Emilio Lafferranderie (2004), Cinco segundos de horizonte de Mario Montalbetti y Los días y las noches de José Carlos Yrigoyen (ambos de 2005), Insomnio de Lorenzo Helguero de 2006, entre otros títulos.

Una editorial alternativa es Sarita Cartonera, encabezada por Milagros Saldarriaga. Sarita Cartonera fabrica sus libros a partir de la recolección y trabajo a mano por parte de jóvenes recicladores de cartones, y pese a que no son publicaciones pulcras ni elegantes, es encomiable el esfuerzo de proyección social que realiza la editorial, convirtiéndose en una de las más populares del medio.

Es importante tener en cuenta a Chätäro Editores, de Rodolfo Loyola, que ya lleva más de 10 años en este negocio [18]. Muchas de las actuales revistas y editoriales han sido publicadas por primera vez con él. Es el caso de Intermezzo tropical, Girabel, Dedo Crítico, More Ferarum, Ajos & Zafiros, Ginebra Magnolia, Lhymen, Apeiron y Mixturas en cuanto a revistas. En tanto, Signo Lotófago, Sarita Cartonera, tRpode y Estruendomudo en editoriales. Empero su excelente currículum, Chätäro está más interesada en la producción gráfica y editorial de sus publicaciones antes que en su distribución y publicidad.

No obstante la cantidad de jóvenes editoriales en el medio limeño, es posible detectar el inicio del declive de algunas de ellas. En una conversación personal con Alessandra Tenorio y otra con Javier Morales, coincidimos los tres que más de una editorial no ha llegado ni llegará a editar más de cuatro libros (a excepción de la mayoría que ha sido mencionada en el artículo), ya que estamos viviendo un terrible proceso de selección natural. Siempre tan lúcido y crítico, Javier me comenta que “este boom es tan solo una primera fase, puesto que luego vendrá la etapa de las sobrevivientes, de las que satisfacen las exigencias del público al editar cosas buenas. Esas se mantendrán, y las que ahora pueblan la ciudad letrada no quedarán sino para ser mal ejemplo”.



Poesía, poetas y grupos poéticos

Tanto en Lima como en otras ciudades al interior de la nación es posible advertir la constante formación y gestación de grupos literarios, los cuales muchas veces giran en torno a la edición de revistas, plaquettes, u otras publicaciones periódicas. Sin embargo, producto del marcado centralismo en el Perú, los movimientos cobraron mayor importancia en la capital, ya que es ahí donde confluye el centro de la actividad cultural del país, pese a que en otras ciudades como Puno, Cusco, Arequipa y Chimbote también se desarrollan movimientos importantes. Además, cabe destacar que desde el 70 hasta ahora, la mayoría de movimientos y agrupaciones en Lima estuvieron conformados por inmigrantes o hijos de inmigrantes, lo cual era uno de los rasgos principales de estos movimientos: el mestizaje cultural y su procedencia socioeconómica, marcando distancias frente al pequeño grupo capitalino.

En la actualidad, podemos advertir que los actuales grupos que se forman en la capital son herederos de sus pares del 70 y 80, principalmente de Hora Zero. Empero, a partir del 90 las agrupaciones pierden fuerza debido a que sus acciones mantenían marcadas similitudes respecto a las de sus antecesores [19]. Es así que aparecen agrupaciones que, si bien no tuvieron la atención de los medios por el desgaste que sus acciones suponía, sí en cambio mantuvieron una actitud de pequeñas tribus callejeras, organizando escandalosos recitales de poesía, jugando a los poetas malditos y deambulando por una Lima patética que recién empezaba a librarse del terrorismo y, por ende, reinaba la apatía en el ambiente. De esta manera, surge el grupo Neón, quizás el más popular, sin ser por ello el más importante, de esta década. Estuvo conformado por Leo Zelada, Carlos Oliva, Miguel Ildefonso, Paolo de Lima, Héctor Ñaupari, Roberto Salazar, Masías Evangelista y Juan Vega [20].

Asimismo, en los 90 coexistieron otros grupos como Inmanencia [21], Noble Katerba [22], Geranio Marginal, entre otros [23]. Lo característico de esta década es la propensión a la dispersión e individualismo de sus autores, lo cual también se extiende y profundiza en los poetas del 2000. En su muy bien documentado ensayo sobre la poesía y los movimientos poéticos en Lima durante este decenio, Luis Fernando Chueca sostiene que no existía ningún planteamiento poético dominante, ya que lo que se sobreponía eran las temáticas dispersas y estéticas de corte individualista. Asimismo, Chueca señala nueve características que acogen los poetas del 90: el espacio sub-urbano y popular; el poeta maldito-urbano; coloquialismo y discurso de la cotidianeidad; la veta culturalista; el sujeto autobiográfico que recupera la memoria familiar; el espacio de ritualización; la desrealización del lirismo extremo; lenguaje que tiende al barroquismo por su recargamiento y los diversos registros que articula; y, finalmente, la libertad total de la palabra [24].

En mayor medida, estos rasgos, al parecer, han sido muy bien heredados por los grupos poéticos del 2000, los cuales ante la falta de una poética definida y una conciencia política, continuaron apareciendo pero sin trascender ni sobresalir entre sus pares. No obstante, todos ellos se disolvieron cuando uno o dos de sus integrantes se decidieron por proyectos personales, otros encontraron mayor interés por parte de la crítica, ya sea por haber ganado un premio o por sobresalir entre los demás, lo cual desataba celos, envidia y vanidad, llevando a la posterior disolución del grupo.

Inicialmente, los jóvenes poetas se juntaban también para contrastar sus escritos, para darse seguridad antes de lanzarse a publicar un libro y también para aprender en conjunto. Es por eso que, si echamos un vistazo a sus primeros poemas, encontramos versos autobiográficos, impresionistas, duros, rústicos y efectistas, los cuales corresponden a su primera experiencia: la inmensa mayoría se resume en poemas vergonzosos, escondidos por sus propios autores.

Entre las agrupaciones que mayor presencia tuvieron, destaca Sociedad Elefante, integrado por los entonces estudiantes de literatura de la universidad San Marcos: Alejandro Sanz Chung, Romy Sordómez, Agustín Haya de la Torre, Diego Sánchez y el narrador Moisés Sánchez Franco. De ellos, solo los tres primeros han publicado: La voz de la manada de Sanz en 2002, Vacas negras en la noche y Présago de Romy en 2004 y 2006, y Canto de la herrumbre de Haya.

Por otro lado, los también sanmarquinos Coito ergo sum, estuvieron conformados por Miguel Ángel Malpartida, Christian Bernal y Daniel Amayo. El primero de ellos es el autor de Galería, poemario con el cual obtuvo el primero premio del concurso César Calvo en 2002. En tanto que Amayo acaba de publicar su ópera prima, Serthea, a finales de 2006. Otros grupos de la misma universidad: El Club de la Serpiente (Frank Turlis, Manuel Vargas, Rubén Landeo, Raúl Solís [25], David Jiménez y Diego Lazarte, quien sobresalió del resto por obtener el primer puesto en los juegos florales de su casa de estudios en 2003); Artesanos (Norman Mendoza, Miguel Reyes, entre otros); Nudo de voces (Gino Roldán, Juan Pablo Mejía, Dalia Espino, Alex Morillo, Alberto Alcántara) y Jade (Josefina Jiménez, Óscar Perlado, Daniel Maguiña y Alex Alejandro).

En tanto, fuera de las aulas sanmarquinas, tenemos a Colmena (Alessandra Tenorio, Jessica Pita, Víctor Ruiz, Morayma Sayán, Judith Bravo y Fidel Chaparro) y Verom Jusna (Ilich Quispe y Max Pinedo), ambos grupos de la Universidad Nacional Federico Villarreal; además está Cieno, conformado por los estudiantes de literatura de la universidad Católica Álvaro Lasso, Fernando Pomareda, Santiago Caballero, entre otros.

En provincias, en cambio, los grupos son numerosos y diversos entre sí. Muchos de ellos florecen y fenecen sin llegar ser advertidos por los medios y prensa, de ahí su desconocimiento y la consecuente falta de valoración hacia su trabajo. Sus motivos de unión son también los mismos que los de sus pares capitalinos. Sin embargo, se sienten ligados también por un sentimiento provinciano que contrasta fuertemente con la política centralista del Estado. Entre las más importantes o con mayor trayectoria tenemos a Patio Azul de Cajamarca (encabezado por Jack Farfán); Pez de Oro de Puno, liderado por Luis Pacho; Anábasis, grupo que tiene filiales e integrantes en distintas ciudades del Perú, como Barranca, Chimbote y Lima, y está conformado por John López, Galia Gálvez, Andrés Torres Guillén, Ronald Marcelo Paulino, Juan López Morales, quienes a su vez organizan la Feria del Libro en Barranca. Asimismo, en Chimbote está El Universalismo, que ya cuenta con más de 12 años y está integrado por Santiago Azabache García, Sonia Paredes, Gustavo Tapia, Ricardo Ayllón, Elena Carhuayano, Madelaine Beltrán, Róger Antón, Ernesto Wurth, Claudina Llanos y Rosa María Juárez. En Arequipa tenemos al grupo Triángulo, conformado, entre otros, por los poetas Juan Yufra y Filonilo Catalina (seudónimo de Luis Castillo, quien en 2005 ganó el premio Copé de plata en poesía); mientras que en Iquitos está Urcututu, cuyos integrantes son Ana Varela, Percy Vílchez Vela y Carlos Reyes Ramírez.



Las revistas, esas nebulosas

Tanto como formar agrupaciones y movimientos, en el Perú fundar una revista es parte de nuestra tradición literaria. Mucha razón tuvo, entonces, Alfonso Reyes al calificar las revistas literarias como nebulosas, “cargadas y finas que llenan los intersticios entre los libros”, ya que desde siempre, los poetas y narradores peruanos se “fogueaban” publicando sus textos en las revistas que dirigían. Muy pocas son aquellas en cuyas páginas no ha figurado un poema o un relato de sus directores, ya que era también una forma de preparar el camino al ansiado primer libro.

De esta manera, tenemos en nuestra historia revistas con toda clase de orientaciones: politizadas, purificantes, lúcidas, críticas, efímeras, espantosas, visionarias, entre otras. Sin embargo, en estos últimos tiempos los lectores parecen no apreciarlas mucho. Prueba de ello es el poco interés por formar una revista y continuarla, es decir, llegar más allá del número tres.

En la actualidad, la mayoría de revistas las dirigen personas que ya han acabado los estudios de literatura o tienen, al menos, una respetable trayectoria y experiencia que respalda su línea editorial. Son pocas las revistas de estudiantes, a menos que sean revistas electrónicas o blogs, los cuales ya no suponen mucha inversión y potencialmente tienen mayor llegada entre sus lectores, ya que no es necesario pagar por el ejemplar ni por los gastos de envío para acceder a su contenido, si es que se está lejos del lugar donde fue publicada.

En la capital, las revistas que han marcado una pauta a seguir, pero que lamentablemente han dejado de editarse son More Ferarum, dirigida por José Ignacio Padilla, Carlos Estela y Edgar Saavedra; Vórtice, de Hernán Medina, Arturo Higa, Mario Reggiardo, Juan Carlos Adrianzén, María Eugenia de Aliaga, y Tatiana Ganoza; Apeiron, Johnny Zevallos, Moisés Sánchez Franco y Omar Salazar; Evohé y Fórnix, ambas dirigidas por Renato Sandoval; Girabel, dirigida por Paul Guillén y Renato Gómez; Fuegos de Arena, de Claudia Salazar, e Identidades [26], suplemento cultural del diario El Peruano, cuyo último editor fue Giancarlo Stagnaro [27], y gracias a su periodicidad contó con la colaboración de importantes críticos y estudiosos cumpliendo una importante labor en los casi cuatro años que duró.

Precisamente, a finales de los 90 y principios de 2000 se gestan propuestas importantes que se fueron consolidando gracias a sus críticos y reveladores contenidos, así como por su preocupación por renovar y difundir los estudios literarios peruanos a través de coloquios, mesas redondas y presentaciones.

Entre las más institucionales y con una línea de crítica teórica y especializada, orientada principalmente a estudiosos e investigadores, destacan Ajos & Zafiros (actualmente dirigida por Alberto Valdivia), Lhymen (Dante González, Javier Morales y Jorge Terán); Tinta expresa (cuyo comité editorial está conformado por Alex Morillo, Carlos Capellino y Mario Cossío), Dedo Crítico (su último director fue Gabriel Espinoza), Casa de citas (dirigida por Fernando Toledo); y El hablador (Francisco Izquierdo Quea, Mario Granda, Giancarlo Stagnaro y Johnny Zevallos [28]). Cada una de ellas se caracteriza por priorizar la teoría literaria universitaria, o al menos equipara los textos de creación con sus sesudos trabajos monográficos. Más bien, la revista virtual El hablador ofrece un tratamiento más fresco y ágil de los estudios literarios peruanos, gracias a la experiencia de muchos de sus directores en otros proyectos paralelos o anteriores. En tanto, Lhymen mantiene una marcada preferencia por los estudios literarios orientados hacia el mundo andino. Esta línea editorial contrasta por completo con la mirada occidental de las revistas de Lima, lo cual es un plausible esfuerzo ya que refuerza una identidad muchas veces dejada de lado por los propios críticos nacionales.

Por otro lado, revistas como Intermezzo tropical (Victoria Guerrero), Hueso húmero [29] (dirigida por Abelardo Oquendo y Mirko Lauer), Ginebra Magnolia (Reinhard Huamán Mori), Lapsus [30] (Giancarlo Huapaya y Gustavo Alejos); Ciberayllu [31] (Domingo Martínez); Pelícano (Ana María Falconí y Miguel Ildefonso), Cambio de letra (Roselyne Rodríguez y Milton Vera), Bocanada (Alberto Alcántara) y Sol negro [32] (Paul Guillén), mantienen un perfil crítico pero sin caer en jergas especializadas, sosteniéndose en la lucidez de sus colaboradores, lo cual hace que sus contenidos se presenten más atractivos para el lector debido a la originalidad de su redacción y enfoque.

En provincias, la producción de revistas también es constante y variada, a pesar de que la enorme mayoría de ellas mantengan una presentación artesanal y no tan vistosas como sus pares capitalinos. Así destacan El Pez de Oro, de Puno (Luis Pacho y Víctor Villegas); Mixturas (Melissa Mendieta), Katenere (Jaime Vásquez Varcárcel) y Kanatari (Joaquín García), todas ellas de Iquitos; Ars Verba (Carlos Toledo Quiñones) y Paqariina (Rolando Roca y Cervantes Julia), ambas de Huaraz; Sieteculebras (Mario Guevara Paredes) y Ángeles y demonios (Carlos Sánchez Paz) de Cusco. En Chimbote están Rincón del Diablo y Nexus, las dos dirigidas por Christian Ahumada Heredia; Poiesis (John López Morales); Poetas en busca de editor (Ricardo Ayllón y José Luis Mejía), además de El ornitorrinco también de Ricardo Ayllón. Asimismo, en Barranca tenemos a Puro cuento (Carlos López Morales) y Plexus de John López Morales. Por su parte, en Arequipa encontramos a Enemigo Rumor (Jimmy Marroquín, Carlos Quenaya y Hugo Yuen), Náufrago (Carlos Caballero) y Lego (Ana María Flores); mientras que en Trujillo destaca Las sumas voces, de Roger Neyra.

Mención aparte merece el proyecto Urbanotopía [33], cuya batuta recae en el poeta cusqueño Martín Zúñiga, y consiste en la creación de un catálogo virtual de poetas, los cuales están unidos por afinidades literarias. En este blog, que hasta el momento cuenta con más de 241 poetas de todo el Perú, se pueden encontrar, además de los poemas, datos biográficos de los autores, sus poéticas y una breve reseña biográfica.

Una preocupación en común que tienen algunas revistas, tanto virtuales como físicas, es la reunión de jóvenes autores en antologías y muestras. Tal es el caso de Lapsus, que en su cuarto número publicó una muestra de poesía preparada por Miguel Ildefonso [34]. Un año antes, en 2005, la revista Hueso húmero en su número 47 hizo lo propio presentando una selección de algunos de los recientes poetas peruanos a cargo de Mirko Lauer y Mario Montalbetti titulándola “Poesía peruana post-2000 (Un zappeo)” [35]. Lamentablemente, de los 15 autores propuestos [36], solo 6 son del 2000. En tanto que en narrativa, la revista Ginebra Magnolia, en su número 4 publicado en diciembre de 2004, presentó una muestra de 17 narradores peruanos de los últimos 15 años (37). No obstante, en lo concerniente a antologías o colecciones de narrativa corta peruana última, los libros han sido los mejores medios para esta empresa [38].



Brevísima reseña de la narrativa peruana

Los rasgos que caracterizan y definen la narrativa peruana son el realismo y su marcada insistencia por representar ficciones verosímiles [39]. La narrativa moderna en el Perú se gestó a partir de la generación del 50 [40], cuando los escritores hacen a un lado al indio, su problemática y su tratamiento paternal hacia él [41], para centrarse en la vida de la ciudad. Al respecto, Carlos Eduardo Zavaleta escribió: “En el ámbito peruano dominaba el influjo de Vallejo y sobre todo su actividad universal a partir de elementos nacionales; y dominaban también, respetados por todos, el indigenismo notorial y escueto de López Albújar y el indigenismo emotivo y de denuncia social, a través de cierta maestría novelística, desusada hasta entonces en el país, encarnado por Ciro Alegría” [42].

Estos cambios trajeron consigo nuevas perspectivas que resultan importantes para la comprensión de la actual narrativa peruana. Narradores como Carlos Eduardo Zavaleta y Mario Vargas Llosa manejaron a la perfección los tratamientos estructurales que plantearon James Joyce, Ernest Hemingway y William Faulkner. Por otro lado, narradores como Julio Ramón Ribeyro, Luis Loayza, entre otros, son guiados por los temas y situaciones narrativas, además del pensamiento de Kafka, Jean-Paul Sartre o Albert Camus. Asimismo, esta apertura se extiende a los escritores latinoamericanos, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, Juan Carlos Onetti, Roberto Arlt, entre otros.

Todos estos nuevos autores y registros son asimilados por los narradores del 50, teniendo como consecuencia relatos en donde se rompe la concepción lógica del tiempo, los personajes se humanizan, los lenguajes y registros de habla representados cobran mayor verosimilitud. Asimismo, hay una marcada preocupación colectiva por representar los fenómenos que se sucedían en Lima, tales como el crecimiento desmesurado de la capital, el surgimiento de barrios marginales, la decadencia de la aristocracia limeña, la representación psicológica, moral, económica y lingüísticas de los individuos de la urbe.

A partir de ello, las siguientes generaciones de escritores han profundizado más y más en la problemática urbana, la vida posmoderna, la explosión terrorista en los 80. Todo ello consolida la tendencia urbana en nuestros narradores. Incluso, críticos como Gustavo Faverón, advierten que en los narradores de las supuestas generaciones del 90 y 2000 hay una marcada influencia de Vargas Llosa, basándose en los siguientes rasgos: la abolición de los remanentes del provincialismo, la mirada cosmopolita, el reconocimiento de la literatura universal de la cual el narrador debe formar parte y la creencia de que el mundo interior del autor debe estar ligado a su tierra y a la historia de esta, así como a la imaginación y a los paisajes íntimos de otros escritores en cualquier otro lugar y tiempo [43].

Una de las características de los narradores del 90 y del 2000 es la marginalidad de los personajes, ya sea que estos provienen de barrios pobres y conflictivos de la capital, o son personajes con algún desvarío psicológico o mental, étnico o sexual. En ellos el fracaso y la decepción se simbiotiza y mimetiza con el medio que los rodea. De esta manera, tenemos una ciudad caótica, decadente, donde “todo hiede a sudor de pobre y caca de anciano. [44]”

Pero este modo de representar la ciudad moderna y el desencanto de la clase social baja limeña es un tópico recurrente en la narrativa peruana. Sin embargo, son los narradores peruanos de los 90 los que se detienen a explorar el lado más oscuro, grotesco y ruin del sujeto y su entorno, además de utilizar la temática del alcohol y las drogas como medio de evasión y serenidad momentánea. En este sentido tenemos a Carlos García Miranda (Cuarto desnudo y Las puertas), Sergio Galarza (Matacabros y La soledad de los aviones), Julio César Vega (Cuatrogatos), Gonzalo Málaga (Los multifuckers y otros cuentos), quienes recargan en sus personajes la sentida desazón del sujeto contemporáneo. Por este motivo, el habla y el lenguaje de sus personajes reproducen la rudeza y la fuerza de la calle, o sus desvaríos mentales. Un claro ejemplo lo tenemos en Cuarto desnudo y Matacabros, en donde el lenguaje se torna violento y agresivo.

No obstante, es Santiago Roncagliolo el autor más promocionado y conocido, no solo en el país, sino a nivel internacional, gracias a los logros que sus escritos han obtenido. Entre sus libros publicados tenemos La guerra de Mostark (2000), El príncipe de los caimanes (2002), Pudor (2005), y en 2006 Matías y los imposibles y Abril Rojo, el cual le valió el Premio Alfaguara de Novela.

Por otro lado, están los narradores que apelan por las ficciones metaliterarias y experimentales. Tal es el caso de Mónica Beleván y Luis Hernán Castañeda (Casa de Islandia y Hotel Europa), quienes apelan por el meticuloso manejo de la estructura narrativa en sus textos. El caso de Castañeda es particular, ya que fue considerado el autor revelación gracias a su buen debut con Casa de Islandia, en 2005. Finalmente, otros nombres a tomar en cuenta son Alejandro Neyra (Peruanos ilustres), Carlos Yushimito (Las islas), Edwin Chávez (1922), Óscar Málaga (Blues de un gato viejo y El secreto de la trapecista) , Pedro Llosa Vélez (Protocolo Rorschach), Ezio Neyra (Habrá que hacer algo mientras tanto y Todas mis muertes) y Víctor Falcón (Cómo alterar el orden de todo y Mujeres a punto de alzar vuelo).



Notas

[1] Ricardo Silva-Santisteban, respetable poeta y editor peruano, además de traductor y ensayista, sostiene lo siguiente en una entrevista inédita que le hice a principios de este año: “Aquí, como somos pobres, tenemos que empezar a escribir el libro, después tenemos que corregirlo, editarlo y, una vez publicado, tenemos que ir a venderlo. En realidad, estamos partidos, y eso siempre ha sido así. Ahora tenemos mucha gente que edita sus propios libros y los vende. Conozco el caso de un poeta que editaba sus libros y los vendía en los colegios. De tal forma sus libros se agotaban sin haber pasado por las librerías”.

[2] Parece mentira pero desgraciadamente es cierto, en el circuito literario peruano, sobre todo en el limeño, debes mantener una actitud parricida frente a la anterior generación. En el caso del 2000, algunos poetas tendían a protagonizar escándalos, peleas, insultos y llantos en los medios escritos y televisivos solo para captar un poco de atención. Ni mencionar el deplorable espectáculo protagonizado por algunos narradores costeños y los de provincia (algunos de ellos sobrepasaban los 50 años), cuyo litigio fue la comidilla del 1er Congreso Internacional 25 años de narrativa peruana (1980-2005), que tuvo lugar en la Casa de América, en Madrid, del 23 al 27 de mayo de 2005.

[3] Este “fenómeno” se da íntegramente en la capital de la nación, ya que en el interior de esta las editoriales mantienen su formato artesanal, debido a que cuentan con menos medios económicos.

[4] En Lima tenemos, por ejemplo, a los grupos poéticos Sociedad Elefante, Segregación, El Club de la Serpiente, Artesanos, quienes editaban mayormente una plaquette con sus creaciones.

[5] Durante los años 70, época de la dictadura militar, surgieron importantes grupos y movimientos que influenciaron a los que nacieron en las posteriores décadas: Hora Zero en poesía (creado por Juan Ramírez Ruiz y Jorge Pimentel), y Narración en narrativa (Oswaldo Reynoso, Juan Morillo, Miguel Gutiérrez. Posteriormente, se sumaron Gregorio Martínez y Antonio Gálvez Ronceros). Por otro lado, en los 80 surgió el movimiento de poesía Kloaka (fundado por Róger Santiváñez, Guillermo Gutiérrez, Edián Novoa y Mariela Dreyfus, luego se unió Domingo de Ramos, entre otros poetas), cuya rebeldía y anarquía contra la cultura burguesa constituían uno de sus rasgos característicos.

[6] En la actualidad, pocos son los libros colectivos en Lima. Un claro ejemplo de ello lo conforman Tetramerón y Claroscuro. El primero fue editado por el fondo de la Universidad de Lima en 2003 y reunía las óperas prima de Bruno Pólack, Luis Cruz, Diego Molina y Sergio Camacho. Este grupo de estudiantes de la Universidad de Lima participaba del taller de poesía organizado por dicha casa de estudios, el cual era dirigido por Renato Sandoval. Asimismo, formaban parte del consejo editorial de las revistas Fórnix y Evohé, también dirigidas por Sandoval. Sin embargo, no conformaban una agrupación literaria. Por otro lado, el libro Claroscuro, editado en 2005 por Círculo Abierto Editores reúne también los primeros poemarios de cuatro jóvenes (no tan jóvenes), que participaban del taller de poesía de la universidad San Marcos. Ellos son Eberth Munárriz, MaryCarmen Ponce, Luciano-Àcleman y Fabricio Rebatta, quienes además conforman el grupo Claroscuro.

[7] Al respecto, Ricardo Silva-Santisteban, comenta en la mencionada entrevista: “En realidad, no existe una industria editorial en el Perú. Se publica por todos lados pero eso no hace que exista una industria editorial peruana. Las condiciones son desfavorables, pues aquí, en la actualidad, vivimos del papel y de todos los insumos importados. Antes, en los 50 existía, por ejemplo, el monopolio del papel. Por tales motivos, además del 19% de Impuesto General a las ventas, no se dan las condiciones para el desarrollo de las editoriales en el Perú, como no sea importando la publicación de los libros en el extranjero”.

[8] La editorial Estruendomudo, que empezó humildemente con un periódico de poesía, es ahora una de las editoriales jóvenes más rentables de Lima y, además, organiza el festival de poesía internacional Novissima Verba, uno de los principales en la capital.

[9] Por su parte, las editoriales artesanales formaron el Grupo Editorial Huaca Prieta, en enero de 2005, con la intención de “democratizar el libro y la lectura” (¿?). La agrupación estaba integrada por Ediciones Altazor, Lluvia Editores, Arteidea Editores, Ediciones Petroglifo, Editorial Zignos, Sietevientos Editores, Bracamoros Editores y Lago Sagrado Editores.

[10] Creada en febrero de 2005, la Red Peruana de Editores estuvo integrada por las editoriales Matalamanga, Estruendomudo, Sarita Cartonera y las revistas Dedo Crítico y Ginebra Magnolia, y tuvo una duración de tres meses. Asimismo, los asociados contaban con el apoyo de la ONG Runa, la cual capacitaba no solo a los integrantes de la Red, sino también a diversos estudiantes de universidades de Lima e Iquitos, en gestión cultural orientado al campo literario. Luego de participar en tres ferias de libros (la feria de las universidades Católica y San Marcos, y la distrital de Jesús María), la Red desapareció en mayo de 2005, sin haber logrado nada producto del individualismo y a la falta de compromiso y responsabilidad de sus integrantes.

[11] Punche estuvo conformado por las editoriales Solar, Matalamanga, Álbum del Universo Bakterial, Estruendomudo, Sarita Cartonera, y las revistas Dedo Crítico, El hablador y Ginebra Magnolia. Luego de que sus integrantes prometieran mucho e hicieran poco, y gracias al individualismo de algunos y a la pobre capacidad de trabajo en conjunto, Álbum del Universo Bakterial decidió retirarse del proyecto. De esta manera, al cabo de un tiempo la comunicación entre los integrantes se enfrió y la asociación desapareció.

[12] Con el propósito de publicitar el lanzamiento de Punche, el diario El Comercio publicó, el 15 de noviembre de 2005, un artículo titulado “Editores buscan un lector”, en el cual Ezio Neyra, de Matalamanga, señala que: “Parte de la idea de asociarnos es terminar con los dolores de cabeza que nos genera trabajar de forma independiente. Como bloque, podemos conseguir logros en conjunto: mejores comisiones en librerías, tarifas de impresión, difusión de nuestras ediciones”.

[13] Solar se inició en el negocio editorial publicando el segundo poemario de Diego Otero, Temporal, en 2005.

[14] Matalamanga acaba de inaugurar su colección de poesía con OS, tercer poemario de Kenneth O’Brien.

[15] Este fue el primer título de Matalamanga, el cual consistió en publicar a los primeros puestos y finalistas del concurso de cuentos que organizó dicha editorial y la cadena de librerías Crisol.

[16] Entre los libros editados por la editorial destaca el de Luis Hernán Castañeda, Casa de Islandia, el cual le sirvió a su autor ser considerado como la revelación del año 2005.

[17] Ellos son Fernando Iwasaki, Enrique Planas, Luis Hernán Castañeda, Mario Bellatin, Iván Thays, Daniel Alarcón, Santiago Roncagliolo, Ricardo Sumalavia, Jorge Eduardo Benavides, Sergio Galarza y Alexis Iparraguirre.

[18] Antes de Chätäro Editores, Rodolfo Loyola trabajaba en el rubro editorial desde principios de los 90 con Taller Visual.

[19] Habría que señalar que en poesía se dieron las agrupaciones y movimientos que cobraron mayor relevancia en nuestra literatura. A diferencia de los narradores, quienes lejos de formar colectivos o grupos se mantienen mayormente como una fuerza individual, los poetas fueron quienes en base a su unión remecieron los órdenes sociales, políticos y culturales movidos por los grandes cambios que se sucedían en el mundo y en el país. Ciertamente, Hora Zero fue el movimiento del cual los siguientes se basaron, ya sea para emularlos, superarlos o negarlos. De ahí que se advierta que las agrupaciones posteriores repitieran lo que sus antecesores habían hecho y su fuerza se viera debilitada en los medios y en los propios lectores y consumidores de poesía.

[20] Paolo de Lima, en su artículo: “Atrincheramientos y balbuceos neotribales: El grupo poético Neón: entre la violencia utópica senderista y la dictadura neoliberal fujimorista. El caso de Carlos Oliva”, escribe: “El grupo no llegó a publicar una revista propia, y dentro de la escena cultural limeña se caracterizó fundamentalmente por la realización de multitudinarios recitales de poesía con un carácter juvenil y contracultural, lo que le significó ‘la posibilidad de generar un espacio propio, en un medio percibido como cerrado’”.

[21] A finales de los 90, Florentino Díaz, Enrique Bernales, Chrystian Zegarra y Carlos Villacorta, estudiantes de literatura de la universidad Católica, forman la agrupación Inmanencia, la cual editó los siguientes libros colectivos: Inmanencia en 1998 y al año siguiente Inmanencia: Regreso a Ouroborea. Su propuesta colectiva, en palabras de Carlos Villacorta, “buscó regresar a la vanguardia literaria de principios de siglo tanto peruana como europea. La búsqueda significó devolver a la palabra ese viejo sentido de lo primigenio, de lo rituálico que la sociedad del siglo XX ha optado por olvidar cuando no borrar del mapa. El poeta, en ese sentido, debería tomar conciencia del valor de la misma poesía no sólo como medio de expresión sino como medio de denuncia de una sociedad que cada día más aliena y desbarata al ser humano”.

[22] Agrupación poética conformada por los entonces estudiantes de la universidad Villarreal: Gonzalo Málaga, Roxana Crisólogo, Johnny Barbieri, Leoncio Luque y Pedro Perales. En una entrevista en 2006, Roxana Crisólogo recuerda que: “(…) organizar cualquier evento en ese espacio, dominado por el régimen aprista aun durante el fujimorismo, nos podía costar un ojo verde o que misteriosamente desaparecieran nuestras notas. En ese sentido, Noble Katerba fue un espacio de creatividad y resistencia en medio del caos y el autoritarismo; y la poesía, nuestra salvación”.

[23] En su “Historia personal del 90”, Miguel Ildefonso recuerda otras agrupaciones como Geranio Marginal y Vanaguardia. La primera contaba con Víctor Coral, Marcel Velásquez, José Medina, Manuel Rilo, el “chino” Broy y Josemári Recalde. Por su parte, la segunda era integrado por Miguel Kudaka, Arturo Higa, Perry Falcón y Carlos Solano.

[24] En opinión de Miguel Ildefonso, son siete los rasgos que los poetas peruanos jóvenes comparten (muchos de ellos son los que señala también Chueca): la insuficiencia del lenguaje o la palabra vacía; metalenguaje o la metapoesía en lo neobarroco o neobarroso; el antidiscurso, la intertextualidad y la polifonía; irreferencialidad o la irrealidad y los sueños; la incertidumbre del futuro; la no-utopía (¿?); y la purificación o la expiación de la voz poética.

[25] A finales de 2006, Solís publicó Conflicto Azul.

[26] www.elperuano.com.pe/identidades

[27] Identidades fue inicialmente editado por Enrique Cortez.

[28] www.elhablador.com

[29] www.huesohumero.perucultural.org.pe

[30] www.lapsusweb.net

[31] www.ciberayllu.org

[32] Sol negro es en la actualidad uno de los blogs de literatura peruana más vistos y respetados del medio. Su link es: sol-negro.blogspot.com

[33] http://urbanotopia.blogspot.com/

[34] El link de la muestra es: http://www.lapsusweb.net/pages/p04/muestra.htm

[35] En diciembre de 2004, el número 45 de Hueso húmero incluyó un artículo de los antologadores a modo de correspondencia, en donde señalaban los rasgos y las características de los autores que iban leyendo, con motivo de depurar y finalizar su selección. El artículo se tituló “Post-2000. Nueva poesía peruana” y se mezclaban autores que publicaron en los 90 y continuaron haciéndolo en el 2000, además de algunos autores que empezaron a publicar luego de fenecido el siglo pasado.

[36] Ellos son José Carlos Yrigoyen, Carolina Fernández, Miguel Ildefonso, Victoria Guerrero, Roxana Crisólogo, Frido Martin, Elma Murrugarra, Rafael Espinosa y Rómulo Acurio de los 90 o finales de esta década. Por otro lado, Alejandra del Valle, Francisco Melgar Wong, Elio Velez, Jorge A. Trujillo, Micaela Chirif y Emilio Laferranderie an editado sus poemarios a partir de 2000.

[37] La muestra incluye a Fernando Iwasaki, Santiago Roncagliolo, Óscar Málaga, Iván Thays, Enrique Prochazca, Gonzalo Málaga, Luis Hernán Castañeda, Rafael Robles, Johann Page, Juan Manuel Chávez, Francisco Izquierdo Quea, Julio César Vega, Ricardo Sumalavia, Luis Zúñiga, Carlos Yushimito, Mónica Belevan y Sergio Galarza.

[38] Prueba de ello han sido los libros Selección peruana (Estruendomudo) y Toda la sangre, de Matalamanga, que es una antología de los relatos sobre la violencia política y los tiempos del terrorismo en el país. Empero, los autores seleccionados por el antologador, Gustavo Faverón, no se ciñen solamente a los jóvenes narradores, sino que incluye algunos ya con amplio recorrido y experiencia como Fernando Ampuero, Jorge Eduardo Benavides, Pilar Dughi, Rodolfo Hinostroza, entre otros.

[39] Pocos han sido los narradores que hayan insistido por lo fantástico o lo experimental durante toda su obra, como Jorge Eduardo Eielson o Harry Belevan. Si bien es cierto que muchos de nuestros narradores han incursionado en estos campos, es cierto que lo han hecho como parte de una etapa de búsquedas, de cambios de lineamientos, como es el caso de Julio Ramón Ribeyro, quien transitó por el experimentalismo y los relatos de corte fantástico y absurdo.

[40] Acierta Carlos García Miranda al afirmar que antes de que los narradores de la generación del 50 modernizaran y revitalizaran nuestra narrativa, Martín Adán y José Diez-Canseco habían dado el primer paso con sus novelas La casa de cartón (1928) y Duque (1934), respectivamente.

[41] Recordemos el indianismo con Clorinda Matto de Turner, los hermanos Ventura García-Calderón o Enrique López Albújar, incluso Valdelomar. Todos ellos mantenían una estructura de tiempo lineal, con personajes claramente definidos (el bueno y el malo), en donde el manejo de las estructuras era plano y los lenguajes representados muchas veces caían en clisés.

[42] Citado por Miguel Gutiérrez. La generación del 50: un mundo dividido. pág. 88.

[43] El artículo de Gustavo Faverón apareció por primera vez en la revista Quehacer, N° 108. Sin embargo, cito también la versión electrónica que me ha servido de fuente para este texto: http://www.geocities.com/Paris/2102/art07.html

[44] Carlos García Miranda. Cuarto desnudo. pag. 39.

[45] La narrativa de Málaga empezó a publicarse a partir de 2004, con Blues de un gato viejo y ahora en 2006 con El secreto de la trapecista. Tiene inéditas cuatro novelas, y todas ellas gozan de un componente que no es común en los narradores peruanos: el humor.





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[fuente: Revista La Siega, No 13 Abril 2007]

lunes, 30 de junio de 2008

LA COMUNICACIÓN EN EL ARTE: DESPLAZAMIENTO DEL SENTIDO

La comunicación en el arte: desplazamiento del sentido / Roberto Sánchez Piérola



1.

*
Los signos y sus códigos sistematizan el mundo para poder comunicarlo. Códigos como el lenguaje cotidiano, la perspectiva en la pintura, las imágenes en movimiento del cine, etc., nos permiten transmitir información de un modo inmediatamente descifrable por los receptores. Esta sistematización aparece como un modo de conocer el mundo que se vuelve convencional al punto que se puede discutir si existe conocimiento que no sea comunicable, es decir, que no se pueda traducir en signos. Pero cuando queremos comunicar nuestro mundo interior o compartir nuestras vivencias personales o nuestro particular modo de ver la vida en determinadas situaciones tenemos que recurrir a signos convencionalizados que no logran captar las infinitas posibilidades de la experiencia individual. Es allí que interviene el arte - como un modo de comunicar aquello que no se puede comunicar de una manera convencional. Nos presenta una sistematización de signos no convencional, con un código abierto y particular para cada cada obra. La mirada del arte se acerca al mundo como algo cambiante, nunca estático. El artista se enfrenta a lo real, que es pre-sígnico, continuo, no fijo, no convencional, y trata de comunicar sus percepciones sin tener que recurrir a los códigos convencionales, porque ellos no le permiten transmitir la riqueza y complejidad de la experiencia "cruda". El arte abre posibilidades a las experiencias no convencionalizadas por los signos de los lenguajes comunes, y que por lo tanto aún están libres de las restricciones propias de los códigos. El artista busca el mejor modo de comunicar ideas, sensaciones o experiencias recurriendo a formas adecuadas para ello.

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Si entendemos semiotización como el proceso por el cual algo se vuelve signo para alguien, y semantización como el proceso de dar significado a ese signo, entonces el artista semiotiza (hace que las cosas signifiquen) pero no semantiza (no les da un significado fijo). Problematiza la idea de signo, pues su modo de funcionamiento (el simple hecho de que una cosa esté en vez de otra cosa) adquiere un uso particular, lúdico (en tanto que ahora puede ser descifrado desde distintas perspectivas). La dialéctica presencia-ausencia que funda el signo descubre sus posibilidades de acercamiento al mundo más allá de su capacidad comunicativa convencional. La creación de la obra de arte aparece pues como el complejo proceso de codificación de los signos, de invención de un código que permita al lector darles significado desde su propia experiencia.

*
El significado que un signo adquiere en un momento, no necesariamente se mantendrá inconmovible, sino que será continuamente reelaborado, redefinido. La continua resemantización de los signos los hace incomunicables en su riqueza, y por lo tanto el acto de recepción de una obra de arte será siempre un acto único e irrepetible.

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El artista parte de lo real para crear signos cuya significación queda abierta para permitir la participación del receptor. Por lo tanto la comunicación artística no es dictatorial, del modo "yo digo esto y quiero que me entiendas tal cual", sino interactiva, del modo "yo propongo esto y relaciónate con ello de la manera que mejor puedas". Si se logra establecer un vínculo, la interacción se da, ya sea en tanto comunicación o contracomunicación. Lo que busca el arte es el contacto, la interacción. El tipo de comunicación que se da en el arte puede ser entendido mejor como inter-acción, como actuar-con-el-otro, respetando su diferencia, es más: asumiéndola desde un prinicpio. El artista propone una obra de tal modo que tenga un efecto en los receptores, así interactúa con su público y las interpretaciones que éste le dé a su obra serán el fruto de un proceso en el que tanto el emisor como el receptor hayan puesto de su parte, no será un proceso de una sola vía.

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El autor ayuda al lector a crear, le da el estímulo para conectarse consigo mismo a partir de la obra de arte. La obra de arte es un estímulo para que el receptor recree una experiencia pero a partir de su propia realidad. Cuando Medea mata a sus hijos nosotros nos sentimos conmovidos no por Medea (un personaje de ficción al fin y al cabo) sino por la idea de que eso nos pueda pasar a nosotros, o por todos los "hijos" que hemos "matado" en algún momento ya sea por celos, orgullo o capricho.

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El signo de arte establece una comunicación interpersonal en el sentido de que lo que puede significar un signo de arte para una persona no necesariamente significa lo mismo para otra, pues sus experiencias de vida son distintas. El arte está en lograr crear una red de relaciones que permita juegos en que el lector irá llenando la obra de significados. Desde la capilla sixtina y las esculturas griegas hasta la pintura cubista y la poesía vanguardista el arte siempre estará proponiendo el juego de las interpretaciones y se mantendrá abierto a muchas de ellas. Su vigencia está en su capacidad de seguir estimulando a los receptores a participar del juego.

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La disolución del mundo al pasar por la percepción del artista problematiza la realidad y se abren las distintas posibilidades de semantización del mundo. El arte semiotiza lo real manteniendo abiertas las posibilidades interpretativas de los signos que crea. El texto artístico no delimita significados ni resuelve nada, sino que abre posibilidades y plantea problemas. No hay Bien ni Mal, sino una mirada que trata de acercarse al mundo para conocerlo de otra manera, no para juzgarlo. La escritura se vuelve arte desde que pierde su pretensión de univocidad, potenciando la ambigüedad o apertura de la palabra.

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El signo funcionará como tal mientras sea capaz de referirse a algo, en algún aspecto, para alguien, más allá de si esa capacidad está fundada en una convención o no. El signo de arte exige la activa participación del receptor en su captación porque no está fundado en una convención. Es más: surge porque la convención no le permite expresarse. Lo que dice es lo que dice de esa manera y de ninguna otra. En el arte (y por lo tanto en la literatura) los marcos que permiten darle significado a los signos no parten de una convención compartida por toda una comunidad lingüística sino que las obras proponen justamente violentar ciertas convenciones y crear con el lector marcos adecuados para ser interpretados. Si bien en la comunicación cotidiana la semantización está convencionalizada por ciertas reglas de uso del lenguaje en determinadas circunstancias, en la literatura la semantización queda primordialmente entre el lector y el texto escrito, tomando en cuenta factores intertextuales (código y reglas propuestos al interior de la obra), extratextuales (código y reglas propuestos al exterior de la obra y en los cuales se inserta, como el idioma o la ubicación espacio-temporal) e intertextuales (código y reglas propuestos por otros textos). Se establece una convención por la cual la comunicación requiere la reelaboración (abductiva), por parte del lector, de un contexto que permita su interpretación. El signo se usa de un modo diferente, y la brecha entre semiotización y semantización se vuelve más grande y menos inmediata en los procesos artísticos. El artista aparece como un motivador de significación, y la obra en tanto semiotización cede importancia ante el acto interpretativo del receptor semantizador. En ese sentido, lo primordial del texto artístico literario no serán tanto sus características ilocutivas (la intención expresada en un hacer), que se mantendrán en un hacer eminentemente semiotizador, sino sus características en tanto acto perlocutivo, es decir, su uso por el lector de acuerdo a la regla que le permite semantizar el texto de un modo diferente a como lo haría con una conversación cotidiana. El texto literario permite distintas semantizaciones no sólo por distintas personas sino también por una misma persona en diferentes momentos. Sus reglas de uso lo permiten, porque en tanto signo, su función interpretante trabaja con menor inmediatez y automatismo la brecha entre la semiotización que produce el signo y la semantización que le da significado, que como lo haría la función interpretante con un signo inserto en otro sistema de reglas comunicativas. La distancia entre el signo y el significado que el intérprete le dará es mayor en el arte que en otros sistemas comunicativos.

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Cada texto de arte debe por lo tanto propiciar una comprensión de su marco comunicativo en tanto que está usando los signos de manera diferente de la convencional. El receptor debe acercarse al juego que el texto le propone. Cada texto tiene reglas particulares que regulan el tipo de comunicación que pretende establecer. Y estas reglas están implícitas en el signo mismo, se construyen internamente. Para ser inteligible el signo de arte debe tener su diccionario incorporado en sí mismo.

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La posibilidad de interpretar un acto de habla depende del reconocimiento de una intención en el hablante, lo cual "es mucho más que reconocer el significado de sus palabras. La comunicación parte de un acuerdo previo de los hablantes, de una lógica de la conversación que permite pasar del significado de las palabras al significado de los hablantes. Pero en la literatura esto no se puede dar si no hay un marco comunicativo y un sistema de regulación de la comunicación (SRC), debido a su carácter diferido: no hay acuerdo previo de los hablantes, sino sólo en el sentido de que está inserto en el marco del arte, lo cual marca una diferencia en el modo como deben recibirse los textos. El discurso artístico ha sido muchas veces considerado como un discurso no cooperativo, que requiere de intérpretes especializados para acceder a la comunicación que establecen los textos. Este mito no se sostiene desde el momento en que tomamos en cuenta que el juego del arte es inventar nuevos juegos cada vez. La institución contempla la posibilidad de ser modificada, y en efecto lo es constantemente. Son los textos que rompen con el canon los que son incorporados a él como literarios. Un texto es incorporado al canon cuando presenta una manera particular de crear su propia realidad. Para lograr comunicar algo de manera artística es preciso inventar una nueva forma de comunicar. Hacer arte es investigar la forma, buscar el modo de dar vida a un texto (a un conjunto de signos) de un modo único e irrepetible que tenga el poder de despertar y ampliar el espíritu y la imaginación del público en un determinado contexto. El modo de representación debe ser nuevo con cada obra, debe proponer nuevas direcciones y cuestionar el modo ya establecido de representación. Como lo real no se puede aprehender de un único modo, el arte justamente lo que busca es proponer modos alternativos, liberarnos de nuestras percepciones fosilizadas. Un arte que vaya en busca de sus propios códigos. El arte busca establecer un entendimiento entre el emisor y el receptor de modo que ambos puedan compartir ese momento mágico de comunicación. Pero esa comunicación debe ser auténtica, no una copia de modos de comunicación anteriores o convencionales.

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Cada texto literario forma su propia referencia al hacer irrelevante su referencia a lo real. Se parte de lo real para luego abandonar cualquier ligazón con ello. El texto literario encuentra su justificación en sí mismo, es un texto al cual se acude por el texto mismo, más allá de la información que contenga y de su estructura lingüística. El texto no es leído porque pueda darnos información sobre la realidad. Si leemos un poemario como una crónica de las experiencias de su autor, no estamos recibiendo el texto como literatura, ya que nos mueven otros intereses que por estar más allá de lo que el texto pretende brindarnos no serán satisfechos. La intención del poeta no es ventilar su vida privada sino provocar en el lector una cierta empatía ya sea emocional o intelectual de modo que se produzca una interacción, una comunicación, un entendimiento. Potenciar la comunicación en tanto inter-acción dentro de los límites del discurso. Actuar - con.

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El signo de arte reemplaza la presencia del enunciador y al hacerlo libera al enunciado del control que sobre éste puede tener quien lo emite, emancipa el sentido de aquél que profiere el texto. El sentido estará dado por aquél que reciba el texto. El arte se establece entonces como un espacio de libertad frente a lo real. Se deja la interpretación por la creación.

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El signo de arte pone de manifiesto su carácter de artificio enmarcado en una convención, pero es a la vez él mismo una exploración de las posibilidades y límites expresivos del lenguaje. El lenguaje empieza a valer por sí solo, la escritura instaura un espacio de libertad - ya no está constreñida a la representación de lo real. La relación entre la palabra y lo real se muestra inarticulable debido a la naturaleza contradictoria de sus componentes: lo real en el plano de lo continuo y la palabra en el plano de lo discreto. La artificiosidad del signo se pone de manifiesto y con ello abre las puertas a la exploración de sus propias posibilidades y límites expresivos y de su capacidad activo-comunicativa. Se descarta al sentido como un elemento fijo y se reconoce su estatuto variable dependiendo de los receptores. El texto sólo existe en el lenguaje y con ello tiene su fundamento en la comunicación, una comunicación que no requiere de referencias a lo real sino únicamente la presencia de un interlocutor capaz de jugar el "juego del lenguaje" planteado por el texto.


2.

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Yo lo que busco es crear sensaciones, provocar cuestionamientos, transmitir angustias, temores, momentos. Trabajo a partir de "temas" o "premisas", no de historias. Estas "premisas" o "temas" se organizan en fragmentos, por partes, de modo que el lector tenga que "armar" su sentido. En ese sentido me considero un compositor, un organizador de palabras. Mi oficio es el de componer, es decir, organizar el material verbal decidiendo cuánto se exhibe y cuánto se oculta, en función de invitar al lector a participar de un juego en el que él mismo tiene que llenar los vacíos. Establezco el diálogo como un juego en que el receptor tiene que participar. No se dice todo, el lector completa. Pero la obra misma tiene que provocar las preguntas que orientarán al lector hacia su desciframiento.

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Busco nuevos modos de decir porque los modos de decir convencionales no son los más adecuados para establecer este tipo de juego.

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Mi objetivo no es compartir mis anécdotas sino a partir de ellas establecer una comunicación, un contacto, provocar algo en el lector. Los efectos de mis obras no saldrán de lo que yo haya querido decir
sino de cómo mi obra haya logrado estimular al receptor. Veo mi obra como un estímulo, la obra no está terminada hasta que alguien la lee y completa su sentido. Es una obra "abierta", inconclusa.

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El público de hoy está acostumbrado a recibir soluciones, salidas que aplaquen su angustia, que lo hagan sentir bien, pero yo no quiero un receptor pasivo sino uno que se involucre con lo dicho. no pretendo entretener ni agradar. El arte no tiene por qué ser fácil de digerir, y debe provocar procesos mentales y emocionales en el público. Quiero un receptor que deguste, que se detenga, que se cuestione. Un lector activo, que se haga preguntas y trate de contestarlas él mismo. Eso me causa ser un escritor un poco alejado de un gran público.

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Yo creo que el arte debe mover al público, hacerlo sentir incómodo, provocar una reacción en él, despertar inquietudes pero no para que el lector vaya donde el poeta y le pregunte qué quiso decir con tal o cual poema, sino para que relea el poema, el conjunto del poemario, otros poemarios, y los relacione con su vida y su contexto para encontrar las respuestas allí, en su propio entorno y en él mismo, y no en un otro lugar. Si el poemario tiene un título en otro idioma, el lector ideal es el que tratará de averiguar qué idioma es y buscará el significado en un diccionario - el juego ha de ser parecido al de aquél que llena un crucigrama. Si el poema aparentemente no termina, el lector ideal tratará de preguntarse qué es lo que está haciendo el autor al cortar el poema allí o en todo caso tratará de imaginarse el final. Si el poema está con otro tipo, color o tamaño de letra el lector ideal tratará de imaginarse por qué. Habrán respuestas diferentes de acuerdo a cada lector, y eso estará bien, porque la respuesta que cada uno encuentra es la que vale, ¿a quién le importa en última instancia lo que quiera el autor? Lo importante es que el autor va a haber producido una obra que hará que el lector encuentre nuevas formas de acercarse a lo real y a sí mismo. Yo no leo a Dumas para saber de su vida, sino para entrar en un juego que me hará en última instancia conectarme con ciertas partes de mí con las que de otro modo no me conectaría. Lo importante es el texto y lo que provoca su contacto con el receptor, no el autor.

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La función del arte es criticar y cuestionar el modo de pensar y de vivir de un grupo humano, hacerlo evidente para a partir de allí enfrentar sus contradicciones, resaltar lo que funciona y problematizar aquello que no está funcionando.

REFLEXIONES SOBRE LA POESÍA PERUANA CONTEMPORÁNEA

Reflexiones sobre la poesía contemporánea / Florentino Díaz




El otro día ante la ventana de un bus un hombre alto, sentado, paseaba los ojos sobre toda la avenida. Yo examinaba con cuidado lo que sería el resto de las horas. Empezamos el recorrido, me dirigía hacia Barranco y naturalmente percibía la complacencia de mi reposo y la naturalidad del movimiento que nos involucraba a todos. Más allá una muchacha contemplaba la calle con cierto cansancio, a su lado un señor ya de edad gustaba del sabor de una fruta. Atrás un niño jugueteaba con los dedos marcando el contorno de las cosas. Evidentemente teníamos música. Y todo se confundía con la voz de quien asiduamente intentaba una y otra vez poblar ese espacio entre los metales con más seres. Esta experiencia es única, me dije, como todo lo vivido, mientras sacaba el pequeño cuaderno que uso para hacer anotaciones. Esta experiencia es el viaje, esta situación en la que mi cuerpo sentado, sin mucha comodidad, sometido a la influencia de sonidos y miradas, no se había dado durante miles de años. Estaba en el bus y de sólo pensar en lo fundamental tras lo evidente percibí con toda su carga la energía de esta nueva estructura vivencial. ¿Pero qué era eso fundamental que me llegaba con todo su poder a través del cuerpo y la conciencia?

Era el sentido, un sentido, una masa de significado que mis palabras no habían aprehendido todavía.

En la experiencia el sentido como creación, como efecto de lo construido por los seres sobrepasa nuestro propio conocimiento del asunto. Y este asunto, terriblemente veraz y angustiante cuando no se halla aún las posibilidades de su integración a la conciencia, es el factor de tensionalidad que impulsa el descubrimiento poético.

La poesía no sólo como manifestación de las palabras, sino como acción de integración y verdadero develamiento de una circunstancia particular de sentido. Lo que deseamos es sentido, es conocimiento. Más que desearlo lo necesitamos en tanto que la realidad entendida como la experiencia del mundo que posee cada quien y la proyección de las energías que brotan de lo construido por el hombre es permanentemente inasible por su esencia dinámica y creciente, así como por su cualidad de deber ser aprehendida para el alimento de la propia vida.

Desde el aspecto puramente biológico la tendencia a complejizarse de todo organismo exige una mayor comprensión de lo que esta misma complejidad le exige.

No puedo pensar en un vacío de la palabra porque ella misma constituye ya una emisión ubicada en el espacio tiempo. Todo lo manifestado en el mundo posee su sentido y lo que apremia al hombre por la posesión de su conciencia es la sucesiva y constante necesidad de precisamente capturar este sentido y a un tiempo ir desarrollando otros. Dentro del flujo constante de nuestras existencias se muestra como prueba de una necesidad psicocorporal de centro la percepción de la angustia en toda su extensa variedad. Creo que finalmente la angustia espiritual es el polo contrastante de un estado de plena certeza, de ser uno con la certeza o la realidad, si se quiere para usar el modo en que se exponen las finalidades de las vías esotéricas en las religiones.

Pero volvamos al bus. “Todas las épocas son ciertas” había escrito Giancarlo Gomero en uno de sus poemas mientras buscaba la relación entre Escipión el africano y la pulsión de amor hacia un cuerpo que observa. Lo tenía apuntado en mi cuaderno, pero hasta ese momento no lo había logrado ver. ¿Qué he buscado hasta entonces en el poema, en la obra de arte? ¿Qué nos mueve a decir que tal o cual discurso se halla vacío o se muestra pleno a nuestros ojos?

El punto con el poema es que su calificación de logrado, bueno o regular dependerá de lo que en nosotros nos revela. Creo que es necesario entrar a este hecho no desde la perspectiva de una teoría de la estética, sino de la necesidad casi corporal de una ampliación de nuestro conocimiento.

Artaud escribió: “Mas ¿qué soy yo en medio de esta teoría de la Carne o, mejor dicho, de la Existencia? Soy un hombre que ha perdido su vida y que por todos los medios intenta rehacerla.”

Rehacer la vida, recuperarla. Creo que el arte es eso.

Aún tengo en la mente aquellos versos de Virgilio cuando dice que “todo se lleva la edad, incluso la memoria. Recuerdo que muchas veces desde niño cantaba a lo largo del día hasta la puesta del sol”. Eso lo dice Virgilio, eso que es tesoro de sentido hasta nuestro siglo, hasta estos días donde se enmohece el entusiasmo entre las paredes alzadas por un modo de concebir la vida que de muchas formas nos ha sobrepasado, nos ha sorprendido. Ahora, exactamente ahora, no tenemos idea de qué vamos a hacer. De si valdrá la pena creer o pensar en lo que nos traerá el tiempo. De si realmente tiene sentido el sentarnos y hablar, así como ahora, de la poesía de los noventa, de los jóvenes. También recuerdo a William Blake cuando en su visión de los proverbios infernales escribía “If the fool would persist in his folly he would become wise” si el necio insistiera en su necedad se volvería sabio. Y de eso se trata la cuestión del sentido. La voluntad no se establece, no hay una atención permanente para lo que deseamos conocer. La poesía es un lazo, una fuente por la que los espíritus conocen y reconocen las posibilidades y las raíces de lo que se manifiesta en el mundo.

Con la poesía hay una actitud de seriedad, me refiero al poeta, yo creo en la seriedad del poeta que sabe qué desea para su conciencia, para su realización, su efectivo ensanchamiento de horizonte. La buena poesía no es puramente una cuestión subjetiva y eso lo muestra la inmensa literatura ensayística y estética. La buena poesía debería llamarse la plena poesía que no alude al estado, sino que lo crea, que no nos muestra, “en verdad, señoras y señores, nos hace falta esto, sino que al revelarlo, somos nosotros quienes decimos, claro, en realidad aquello estaba ahí.”

Se es lo que se conoce nos ha dicho el filósofo, nuestro Aristóteles de Occidente. Nosotros tenemos hambre de ser, nosotros tenemos hambre de conocer.
El poeta que asume en su intención la de revelar un sentido permanente en el mundo es un poeta de la poesía, como llamó Heidegger a ese Hölderlin genial. Yo coincido con Rimbaud en que hay que trabajar el alma para eso. Él nos escribe completamente enfocado en su propio conocimiento. En la exactitud y fuerza que posee un golpe, un movimiento cuando se desarrolla la disciplina de un arte marcial para el cuerpo, Rimbaud lo hace desde el espíritu:

“Exilado aquí, tuve un escenario donde representar las obras maestras dramáticas de todas las literaturas. Os mostraría las riquezas inauditas. Observo la historia de los tesoros que encontrasteis. ¡Veo lo que sigue! Mi sabiduría es tan desdeñada como el caos. ¿Qué es mi nada ante el estupor que os espera?”

Por eso Rimbaud llama a sus textos iluminaciones. Qué mayor evidencia para lo que les trato de decir.

Una de las razones por la que mucho de la poesía no llega a ser plena es la forma, creo yo, es decir la fijación de la intención por parte del poeta en esa fascinación por decir lo que formalmente considera nuevo. En esto me sostengo para observar lo hecho con anterioridad del dos mil. La exploración de la forma es un deber, donde las individualidades dejan de importar como presencias, mientras que sus obras son los hallazgos para esa captura que engendrará cierta conciencia. La forma se explora, pero se debe trascender al sentido de lo que se desea construir, y en ese sentido reconocer las posibilidades de relación para con lo demás. En este caso lo demás es lo que cada poeta considera importante como tema, pero que no le parece pertinente tratar en su texto. De la forma hay que salir para ver el universo y una vez atesorado el brillo retornar a la forma.

Pero con esto no pretendo hacer una crítica, porque no sería pertinente reclamar para un tiempo, una época algo que no deseó o no fue su preocupación mostrar. Mucho menos se puede pedir que el cielo sea completamente y uniformemente azul. Mi posición ante la poesía de los noventa es de hallazgo y búsqueda como en cualquier otro momento de la historia del hombre. Lo que sería vital a determinar es los elementos a través del cual esta búsqueda se realiza, los temas, el recurso formal. Un estudio tan saludable como la lectura atenta de todo el siglo de oro o la poesía latina. Pero, claro, sería mucho más interesante tener el conocimiento de la tradición para esto. En un texto de Curtius, cuya razón para todo me complace, se refiere al poco entendimiento que tienen la mayoría de críticos para con la edad media latina, no la edad media romance, puesto que el entender la edad media latina implica el conocimiento de obras que no están normalmente a nuestra disposición como lectores de un cierto canon determinado por el tiempo en que se vive. A lo que iba es que este entendimiento reclama una lectura de todo como una unidad. En la unidad se manifiesta no sólo la característica del texto sino su imprevisibles y desconcertantes relaciones con todo un proceso que se viene dando desde el comienzo de la escritura.

Es sintomático la conciencia de un vacío en cuanto a lo transmitido por la poesía de los últimos años, pero se debe tener cuidado con la generalización de un estado emotivo de recepción específica. Se suele resumir en la siguiente afirmación: el vacío de nuestra condición social e individual se expresa en el arte. Creo que hay que acelerar la conciencia de ese vacío y llevarla al límite, pero con una intención de revelación , de comprensión de aquello social, cósmico que nos hace sentir tal cosa.

La situación está en que si un poema habla de la pereza, entonces que la engendre y que no sea más bien el producto de ella, de una conformidad para con lo realizado, para con lo que se dice.

Si se escribe:

“10 :45 pm. Los gatos que pasean sobre mi techo me dormirán ahora que estoy ausente, Mirando el rostro helado por la noche y su sangre.
Estoy entre las espinas de estos libros, el mayor,
Contiene los elementos de una visión renovada, algo para hacer de esta hora
Lo no detestable. El cielo enfundado en esa triste serpiente. El cielo con sus dientes de luz
Abrirá mi corazón para las nubes.
Ya deseo esa lluvia que me conduzca al carro sumergido, al carro de los que han muerto y
Vueltos a nacer.
Es intolerable el rasguño de esos gatos en el techo, un río que corre por debajo del muro
Me anuncia que la noche es siempre idéntica a unos ojos.
El espacio invisible, el espacio.
Tu resplandor se muere, Estás ahí tras el vidrio
En las sabanas azules con los insectos,
Poblarán tu mente las figuras sin sombra. Los condenados ríen.
Ya deseo esa lluvia sobre el yugo inhalado.”

También podría decir:

“Me cansé del día.
He viajado mucho por toda la ciudad.
No deseo ni beber, ni dormir.
Encontrar la sombra de un árbol bastaría.
También el fuego lento de los metales al sol.
Que no me aterre ese brillo.”

Y la verdad no hay por qué elegir o lo uno o lo otro.

ATRINCHERAMIENTOS Y BALBUCEOS NEOTRIBALES

Atrincheramientos y balbuceos neotribales: El grupo poético Neón entre la violencia utópica senderista y la dictadura neoliberal fujimorista. El caso de Carlos Oliva [1] / Paolo de Lima




Lo que nos proponemos en el presente trabajo es una visión comprensiva de una agrupación de jóvenes poetas que, desde nuestra óptica, puede ser considerada, en el Perú de inicios de la década del noventa, como la organización de este tipo de mayor actividad y presencia: Neón. Nuestro propósito es acercarnos a este grupo desde una lectura que lo interprete en función del complejo momento social en el que se desenvolvió. Como una primera aproximación, y a modo de ejemplificación literaria, centraremos esta lectura en el análisis de un poema de uno de sus fundadores: Carlos Oliva (Lima 1960 - 1994). A diez años de su muerte, queremos dedicar este texto como un homenaje al poeta asesinado (al final del ensayo se apreciará el estricto sentido de esta última palabra). Para desarrollar nuestro objetivo usaremos fundamentalmente como sustento teórico una reflexión de Martín Hopenhayn. [2]

Efectivamente, en un ensayo de 1998 Hopenhayn sostiene que “la modernización-en-globalización tiende a la des-identidad, a la des-habitación, a des-singularizar a sus habitantes” (27). Esto, sumado a la falta de proyectos colectivos y de movilización política, hace que “la pertenencia orgánica a un movimiento neotribal o de valores fuertes [sirva] como estrategia de identidad social para millones de jóvenes huérfanos de un relato integrador” (28) [3]. La propia sensibilidad light (ligera en tanto no comprometida), impuesta por el mercado transnacional globalizador sobre todo en los noventa, choca con el “descontento social” y coexiste (sin posibilidad de disolución) con los jóvenes populares urbanos y “duros” de nuestras sociedades, quienes desde su “crisis de expectativas” difícilmente aceptan “la suave cadencia de la postmodernidad”. Ante las escasas posibilidades de acceder con éxito a “los beneficios del progreso”, no es de ningún modo casual que “tanto la violencia política como la violencia delictiva” (de causas o motivaciones distintas) tengan a “jóvenes desempleados o mal empleados por protagonistas” (29). [4]

Significativamente, la violencia política y la delincuencial no son un síntoma a destacar dentro de la propuesta (vital o literaria) del grupo Neón. Éste se movió más bien en un periodo de tránsito (en zona lírica y política) marcado por el desencanto, la angustia, una “ansiedad en tinieblas”, como reza el título de un poema de Ildefonso (1999: 24), y también la abierta desesperación y búsqueda de la muerte. Como podrá apreciarse en el análisis de la poesía de Oliva, se trataría más bien de una agrupación signada por la violencia sistémica de la sociedad en la que se desenvolvió. En efecto, recordemos que este movimiento cultural fue fundado en setiembre de 1990 en los claustros de la limeña y cuatricentenaria Universidad Nacional Mayor de San Marcos, uno de los espacios educativos más prestigiosos al interior de la “ciudad letrada” y significativamente en el que, como comentaría sólo un año después de aquel setiembre José Joaquín Brunner, “[l]a violencia utópica [...] recorre su último sendero luminoso, reducto ya del pasado aunque su bandera suele flamear todavía en el mástil más alto de la Universidad de San Marcos” (1994: 82). [5]

Nuevamente sólo un año después, es decir en 1992, en el Perú ocurrirían dos hechos decisivos que dejarían de por sí en el pasado esa violencia utópica que señala Brunner: en primer lugar el autogolpe del 5 de abril de Alberto Fujimori Fujimori (1990 - 2000), con el que daría inicio a su nefasta y corrupta dictadura cívico-militar de ocho años; y, dentro de este clima de autoritarismo y represión, la captura, el 12 de setiembre, del líder senderista Abimael Guzmán Reynoso. Precisamente, este periodo de la historia peruana que va entre 1990 y 1992-3 es el de los años en los que el grupo Neón lleva a cabo sus actividades en el plano cultural [6]. Años que median entre el final del periodo llamado de la violencia política (1980 - 1992) y el inicio de la dictadura fujimorista (1992 - 2000), acontecimientos que están en consonancia con la mencionada violencia sistémica [7]. Como señaló en su momento Miguel Ildefonso:

La pregunta de ahora es: ¿cómo fue posible una reunión heteróclita que trascendiera los muros de San Marcos y durara aproximadamente tres años? Si los ahora jóvenes o los eternos ancianos de la poesía miraran lo que era 1990 respecto a la alicaída situación cultural comprenderán qué existió en esos treinta (tal vez más) jóvenes amantes incondicionales de la poesía para (contra lo que los nuevos tiempos “postmodernos” mandaban) abrir sus impecables soledades y compartir (en universidades, calles, bibliotecas, bares) el fuego secreto de la palabra (1995).

La reunión heteróclita (irregular, extraña y fuera de orden), de vínculos laxos e informales, fue posible debido a que estos “jóvenes amantes incondicionales de la poesía” compartían una misma estructura de sentimiento (Williams 128-35) a tono con los nuevos modos de conciencia y sensibilidad que emergieron de estos puntos políticos y sociales de transición y sangrienta intersección (mal totalitario y mal autoritario), donde evidentemente el factor de la violencia sigue siendo central; factor que no impidió a sus integrantes abrir sus “impecables soledades” (conocida frase del poeta Luis Hernández) y compartir “el fuego secreto de la palabra”. Ahora, si bien es cierto que los años siguientes de la década del noventa en líneas generales cancelan esa violencia utópica senderista, otro tipo de violencia cobraría auge: la violencia social de corte urbano-juvenil y la lumpenización de grandes sectores de la población suburbana (en consonancia con la verdadera lumpenización ética y moral en las altas esferas del fujimorato). Estos años corren paralelos a la instalación del proyecto neoliberal fujimorista, con su política de privatización de los bienes nacionales en favor de los capitales extranjeros, y a la feroz corrupción y robos millonarios a través de estas mismas ventas. En ese sentido, el balbuceo neotribal no deja de dar cuenta de su comprensión a las primeras manifestaciones de este proceso político. De ahí que, en clara muestra de lucidez y de rechazo contra este proyecto dictatorial, los jóvenes poetas de Neón hicieran propio el título “generación de los no-ventas”, denominación que señala a su vez su posición de atrincheramiento contra dicho programa. En síntesis, esta agrupación se desenvolvería en medio de dos de los cuatro modos del Mal político que señala Zizek: “el Mal totalitario 'idealista', llevado a cabo con las mejores intenciones (el terror revolucionario) [y el] Mal autoritario, cuyo objetivo es el poder y la simple corrupción (sin otros objetivos más elevados)”. [8]

Neón estuvo integrado principalmente por los poetas Carlos Oliva y Leo Zelada, sus fundadores, y por Juan Vega (Lima 1965 - 1996), Miguel Ildefonso, Héctor Ñaupari, Mesías Evangelista Ricci y Roberto Salazar, todos ellos limeños de primera generación y provenientes tanto de una clase trabajadora emergente como de una pequeña burguesía empobrecida por sucesivas crisis, y que no renunciaban a sus aspiraciones de ascenso social y de progreso. El grupo no llegó a publicar una revista propia, y dentro de la escena cultural limeña se caracterizó fundamentalmente por la realización de multitudinarios recitales de poesía con un carácter juvenil y contracultural, lo que le significó “la posibilidad de generar un espacio propio, en un medio percibido como cerrado” (Chueca 67). Zelada (no sin cierta dosis de generalidad, anotamos) describió así al grupo en diciembre de 1993

Cuando salimos éramos autodestructivos, vivíamos en un estado perpetuo de ebriedad y alucinación, no tanto como evasión sino como una manera de experimentar visiones. Nos peleamos con todos, y tuvimos que ser escandalosos para ser escuchados. Pero lo que fue una forma de liberación luego se convirtió en perdición. Fue un experimento raro pero necesario, pues todos veníamos de familias desintegradas, por lo que la pandilla fue nuestro hogar. Nos mostramos al mundo como éramos, sin reprimirnos (Castro). [9]

Este testimonio de Zelada lo podemos enlazar con el análisis de Hopenhayn (30-1), cuando señala cómo en un “contexto de exclusión” existe la tendencia a buscar “identidades grupales”, que se fusionan en “intersticios y márgenes”, para “revestir la naturaleza del sistema por los bordes, los huecos, las transgresiones cómplices y casi tribales” (la pandilla como hogar). El mal (el escándalo, la perdición) es buscado como “rebasamiento de control y de la identidad” en una “fusión neotribal” (neón-tribal). La exclusión llega a convertirse “en trasgresión, en espasmo” y en impugnación a la “racionalización de la vida moderna”. Se busca una “salida [pulsional] del cauce”, en la que “la desmesura” busca aliviar el esfuerzo que implica contenerse “en una imagen funcional del yo”. El resultado de estas pulsiones es la constitución de “identidades frágiles, fugaces, cambiantes” (“una manera de experimentar visiones”). Oliva calza dentro de la descripción efectuada por Zelada y que nosotros hemos querido articular dentro de la lectura teórica de Hopenhayn [10]. Pasemos enseguida a apreciar de forma más detenida a nuestro autor.



Carlos Oliva: La vitalidad de la poesía en medio de la búsqueda de la muerte

Fue Carlos Oliva quien adjudicó el nombre a esta agrupación, según lo relata Zelada: “a Oliva se le ocurrió una palabra corta y sencilla que representara al grupo: Neón. Era lo que anunciaba nuestra poesía urbana, Neón significa luz, luz en la oscuridad” (Alonso 22). Al asumir el nombre, es significativa esta intuición (o toma de conciencia) que pugna por la búsqueda de iluminación en medio de una crisis social cuya expresión más visible (sin olvidar la dolorosa suma de cadáveres, torturados y desaparecidos) son los apagones cotidianos en las principales ciudades del país, ocasionados por los dinamitazos senderistas a las torres de energía eléctrica. En una poesía que se autodenomina como urbana (anclada en lo marginal) esta denominación es doblemente apropiada: el atrincheramiento neotribal se encuentra ubicado entre los dos fuegos de la guerra (compartiendo el “fuego secreto de la palabra” como señala Ildefonso) y esta confrontación armada impulsa hacia el desconcierto y la desorientación expresados en balbuceos (la autodestrucción, el estado perpetuo de ebriedad y alucinación que atestigua Zelada). Balbuceos entendidos como las primeras manifestaciones de un proceso, en este caso el que comprende el transcurrir temporal del periodo histórico en el que se enmarca Neón y de donde proviene su carácter (neotribal, atrincherado y balbuceante) de grupo. Carácter acorde con “la creciente incertidumbre que produce el tránsito hacia la posmodernidad” (Brunner 1999: 250) y que se da a través de manifestaciones dificultosas y vacilantes (pero altamente intuitivas) en consonancia con los “males políticos” (Zizek) con los que se veía confrontada esta agrupación.

En nuestro autor, dicha intuición se vio oscurecida por un sentimiento de desesperación sin fin, tal y como señala el título de su poemario póstumo, que dejó organizado para una virtual publicación: Lima o el largo camino de la desesperación. Este tipo de sensibilidad se limita dentro de una serie de fenómenos comunes latinoamericanos señalados por Fernando Calderón: actores sociales fragmentados, violencia y conducta anómica urbana, lógicas y economías perversas como la droga. Se trata de una sensibilidad, como sostiene Brunner al inicio de su libro Globalización cultural y posmodernidad, encuadrada en una atmósfera de estructuración de un nuevo tipo de conciencia mundial (acorde con el “complejo industrial massmediático”) que explica el “claro retroceso” en el que se hallan las “antiguas conciencias del mundo [conciencia de clase, conciencia metafísica, conciencia positivista; es decir, cualquier] conciencia construida sobre un meta-relato de la historia, según dirían los posmodernos” (1999: 13-4). Por ejemplo, en el “texto confesional” (5-6) que se publicó como introductorio a esos poemas Oliva expresaba lo siguiente:

Escribo como un alucinado, tal vez esto se explique porque en cierta época de mi vida me sumergí en el desorden de los sentidos. Sin embargo, ese desorden tenía un orden interno que yo solamente sabía.

He vivido a la manera de los poetas malditos y no porque haya pretendido imitarlos sino porque ese fue mi destino. Es más aún, en la época que viví de esa manera sólo los conocía de nombre e incluso ahora no he podido leer toda la poesía de ellos.

El placer es el abismo por donde caen mis sentimientos. Al modo de Rimbaud me he entregado a los excesos, incluidos los de las drogas. He vivido buscando lo desconocido.

Cada vez que busco con desesperación una cosa que termino por encontrar comprendo que eso no basta. Entonces, preso de una fuerza extraña, busco otra cosa hasta conseguirla sabiendo de antemano que no me satisfacerá; es por ello que disfruto con el dolor y deseo la muerte (6).

Ya sea “desorden”, según la mirada condenatoria del Otro, u “orden interno”, según la auto-percepción del poeta, lo cierto es que la búsqueda de “lo desconocido” marca esta trayectoria vital con una actitud que se ve asociada a los “poetas malditos” (Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, los beatniks). Asociación dada por el “destino”, escribe el poeta, pero que en realidad es llevada a cabo por el Otro, en este caso asociado a la “ciudad letrada”, la cual emite dicha relación aunque el conocimiento textual o acto de lectura por parte del poeta no se haya producido a profundidad (“sólo los conocía de nombre”). Como sostiene Judith Butler, la dominación efectúa su “mayor eficacia” cuando aparece como su Otro. El “punto de oposición a la dominación” es el instrumento a través del cual opera la dominación, ésta se ve fortalecida a través de la participación de uno en la tarea de oponérsele. Este “colapso de la dialéctica nos da una nueva perspectiva porque nos muestra que el esquema mismo por el cual se distinguen dominación y oposición disimula el uso instrumental que la primera hace de la última” (2003: 34). De ahí que resulte sintomático en Oliva esa búsqueda de lo desconocido signada por una “fuerza extraña” que excede la satisfacción del deseo (placer = abismo). Y de ahí también los excesos y las drogas (lo que Hopenhayn llama el “rebasamiento” y la “efusividad del desborde”) asociadas, no obstante, con ese “rechazo de los límites” (“versos sin frenos”, como veremos más adelante), y con esa “rebelión contra la autocontención gregaria” que apunta este mismo autor. Una rebelión entendida como “evidencia experimental” del “derrame emocional” y como afirmativa transgresión que la exploración provoca en la subjetividad, es decir, en el propio poeta. Porque no olvidemos que este fragmento autobiográfico, confesional, en realidad empieza dándonos cuenta del acto de escritura (“Escribo como un alucinado”). Punto de partida desde el que se despliega la rebelión del rechazo a los límites. En ese sentido, estas ideas las podemos enlazar con lo sostenido por Alicia Genovese en relación con el posicionamiento del yo en la poesía:


En su afirmación verbal y discursiva la poesía puede posibilitar un posicionamiento del yo, de la subjetividad[;] la poesía puede reestablecer relaciones perdidas entre subjetividad y objetividad. [...] La palabra poética, por más radical que sea el descondicionamiento del lenguaje que su autor persiga, no deja de ser comunicante, una comunicación que es resonancia de la lengua instrumentalizada (objetiva) y también o sobre todo eco de un ensimismamiento de un diálogo interno, de un exilio. El arrastre subjetivo del poema, que nada tiene que ver con el uso de una primera persona gramatical o una tercera, ese arrastre subjetivo es la resonancia que la lectura crítica marca como estilo y que muchas veces una lectura más incondicional recoge como deslumbramiento (213).

Más allá de las miradas condenatorias y de las autocontenciones de cualquier tipo, el derrame emocional y la transgresión que la subjetividad lleva a cabo a través de sus exploraciones (sus búsquedas desesperadas) provocan la voluntad afirmativa, verbal (estética) y discursiva (política), de la escritura poética. Voluntad orientada hacia la comunicación a través del eco del exilio dentro del orden interno. Orden interno, exilio y eco impregnados del reclamo de lo abyecto por “una descarga, una convulsión, un grito” por parte del yo (Kristeva 8). Para Julia Kristeva “lo que revela lo abyecto es la comunicación verbal, el Verbo. Pero al mismo tiempo, sólo el verbo purifica lo abyecto” (34), el “[c]uerpo y mente escarnecidos” como manifiesta un verso de Oliva (21). Poesía y comunicación son las que permiten el reestablecimiento de las relaciones perdidas (transgredidas, rotas) entre subjetividad y objetividad (“alineación del yo con la liberación del yo” en palabras de Hopenhayn). Es momento que el propio Carlos Oliva nos diga su verdad a través de la poesía:


He visto una ciudad
una avenida
una calle inundada de cantos
De poemas sonando como bocinas de carros
Y autopistas sin guardias de tránsito
Poemas a 200 Km. P/H
Libres
raudos
veloces por llegar
a los oídos del mundo
donde la ansiedad
la droga
y los atropellos
inventan colores siniestros
Y en medio de todo
Yo con mi bocina
Yo con mi voz levantada
Entre tantos accidentes
Risueño
Ilusionado
Y sin más palabras
Que estos versos sin frenos por las avenidas.


(Oliva 7)



El “arrastre subjetivo” de este poema es innegable. Si bien su estilo responde, por el tono y el lenguaje, al ya consagrado registro narrativo y conversacional en auge en Latinoamérica desde la década del sesenta, su “deslumbramiento” reside en su descarnada sinceridad - aquello que Chueca llama “la fuerza de la honestidad” (81)- en la descripción de una realidad en la que se funde la poesía misma [11]. De ahí que podamos leer este texto como un “arte poética”, en línea con el “aullido” ginsbergiano. [12]

El poema no tiene límites de velocidad, pero el poeta es consciente del paso del tiempo (el placer visto como un abismo que lo lleva a la droga y a desear la muerte). Su canto busca conectar esas “relaciones perdidas entre subjetividad y objetividad” (el autor y la realidad) que señala Genovese, de ahí que, en medio del largo camino de la desesperación, su poesía en libertad ansíe llegar “a los oídos del mundo” a la máxima velocidad posible. En esa búsqueda el poeta no se engaña, sabe de esa ansiedad, droga y atropellos unidos como una cadena: la inquietud y la zozobra en este caso conducen a las drogas y de ahí a la muerte (los atropellos). En medio de ese mundo, el poeta reafirma su individualidad (“Yo con mi bocina / Yo con mi voz levantada”), alegre y aún esperanzada, para concluir en un final que no conoce desenlace, pero que el lector puede adivinar: las palabras (los versos) son autos sin frenos que recorren la ciudad. La comunicación (poemas “libres / raudos / veloces por llegar / a los oídos del mundo”) se ve contrarrestada por los “colores siniestros” que “la ansiedad / la droga / y los atropellos” inventan. El resultado de la invención (el descubrimiento de algo nuevo o desconocido) se da a través de una imaginación alterada y conectada con un mundo en declive y ruina de donde procede lo siniestro.

Producidos en medio de una guerra y en una época por ello mismo convulsa y angustiada (esa búsqueda de luz), estos versos no llegan a encontrar un anclaje específico más allá de su propia autoreferencialidad, es decir, en la poesía misma. Y no se trata de una poesía que se entronque con la tradición mística o la búsqueda de la paz interior. Es más bien el grito (en consonancia con los balbuceos neotribales de Neón) de una aflicción que busca salir a flote en medio del caos y la abyección. Este grito, expresado a través de la metáfora de poemas como autos corriendo sin frenos a doscientos kilómetros por hora, es testimonio contundente de una realidad que no ofrece salidas fuera de la guerra, la miseria y las propias drogas. Ese grito manifiesta una abierta voluntad de choque (ir sin frenos buscando la muerte) en el que estallan sobre todo las contradicciones: ir risueño e ilusionado “entre tantos accidentes” y a una velocidad que excede cualquier norma de tránsito.

El poeta se sabe “en medio de todo”, en medio de los dos fuegos de la guerra, en medio de sí mismo como parte de una ciudadanía mutilada [13] y en proceso de una nueva desintegración antes de su reciclaje (la muerte vista como purificación). “En este nivel de caída del sujeto [el autor] y del objeto [la realidad], lo abyecto equivale a la muerte. Y la escritura que permite recuperarse equivale a una resurrección”, escribe Kristeva (39). De ahí que en medio de todo ello el poeta sólo atine a expresarse y a cantar. Un canto en (y de) la ciudad (“poemas sonando como bocinas de carros”, “Yo con mi bocina”) que constituye su identidad a través de la velocidad desbocada que no puede dejar de considerarse suicida. Y esta es la contradicción mayor y más importante porque se sitúa en la propia humanidad del poeta. Oliva (hacer la distinción con un yo poético puede resultar banal y absurdo, dada la identificación o estrecha cercanía entre uno y otro, aunque es obvio que esto no anula la distancia, es decir la construcción [14]) persiste en la ilusión de la vida aunque no le queden ya palabras sino la constatación de un recorrido que no conoce límites ni su propio destino en la parada siguiente. Es en esta misma noción de ir a una velocidad sin frenos (que hemos asociado con un grito o llamada de alerta) donde podemos indicar que el reestablecimiento de las “relaciones perdidas entre subjetividad y objetividad” se ha llevado a cabo. Un reestablecimiento desde la anarquía, y que se da de manera fugaz (tanto temporal como espacialmente) en el breve lapso de una velocidad “a 200 Km. P/H” en una ciudad “sin guardias de tránsito”.

Su contradicción limpia y heroica en su gesto romántico reside en esos instantes fugaces (ya idos) de temporalidad que en el segundo siguiente ya conocerán (sabrán y/o encontrarán) la muerte [15]. Es en esta terrible aceptación que religa su Yo pleno (así, whitmanianamente, con mayúsculas) con el mundo (subjetividad y objetividad entrelazadas, fundidas) donde se anulan (donde chocan) todas las contradicciones, pues excede un posible cuestionamiento de los otros para constituirse en vida heroica merced a su (limpia) muerte que ha atravesado también el mal (los de la culpa, y los de la política ya señalados por Zizek). El mal y con ello el pesimismo, de ahí que no sea precisamente una contradicción esa ilusión que acompaña a la pulsión de muerte.

Más allá de su propia entrega, la imposibilidad de escapatoria (¿de purificación de lo abyecto?) tiene que ver de alguna forma con el tipo de sociedad en la que se inserta la tarea de Oliva. Es larga la tradición tanto de escritores como de pintores y pensadores que se vieron confrontados y cedieron ante el alcohol y las drogas. Oliva no es un caso ajeno a ello [16]. El suyo se da al interior de un proceso social (“en medio de todo”, como dice uno de sus versos ya citados) donde el espacio ganado por las drogas empantana cualquier proyecto. Como sostiene Calderón, en nuestras sociedades


[p]roducción, comercialización y consumo de cocaína no son sólo nuevos y trascendentales hechos socioeconómicos, sino por sobre todo nuevos actos culturales que producen la quiebra de relaciones sociales significantes, inducen a la pérdida de nociones de temporalidad y espacialidad y en definitiva a la ausencia de identidad personal y societal (8).

La heroicidad de Oliva lleva el signo de la derrota en consonancia con los tiempos donde se dio. En la presentación póstuma de su poemario, el poeta Pablo Guevara (profesor suyo en la Universidad de San Marcos, mencionado en el texto introductorio del libro) expresó las siguientes palabras que insertan a Oliva en la tradición del artista suicidado por la sociedad, tal y como Artaud dijera de Van Gogh: “Pensé que él iba a ganar la guerra a la ciudad, pero no fue así. Fue asesinado por la sociedad. Lima lo mató” (Anónimo). La droga es un síntoma del problema que tiene que ver con la desarticulación social y la pérdida de rumbo. Consumir drogas no sería un acto (una decisión) exclusivamente individual, la sociedad (y su red de producción, comercialización y consumo) contribuiría a ello [17]. En ese sentido, existe una consecuencia con la fusión neotribal que en Oliva tomó la vía de la destrucción.

A pesar de ser fundador de una agrupación poética (y quien le adjudicó su preciso nombre), Oliva ya no pudo (o no quiso) fundir su cotidianidad (su tiempo y su espacio) con la de los otros poetas más jóvenes que él. Neón significó más bien la ofrenda (su manifiesto cultural) que el autor quiso brindar a la nueva generación que a su manera lideró en sus primeros pasos. Le impregnó de su carácter y de su sello. Su grito como bocinazos sin guardias de tránsito (un grito desde la anarquía) no pudo ser escuchado en su momento con la sabiduría y comprensión necesarias, aunque sí se percibió desde el principio su sonoridad, su deslumbrante poesía. Hechos de signo distinto como matanzas, coche-bombas, plagas o la naciente dictadura pusieron en segundo plano ese grito, esa protesta18. Pero el tiempo no ha podido silenciar su canto. Neón haría suya esa expresión, aunque el tiempo de tránsito (de desencanto y angustia) en el que se constituyó ya no permitiría el grito. O quizás sólo “[e]l grito perdido del balido airado nocturno desolado oscuro sin eco”, como se lee en otro poema de Ildefonso (1999: 30) [19].

La confusión alentó el atrincheramiento neotribal (la pandilla como hogar que mencionaba Zelada) y a su vez adelgazó su expresión (balbuceos, palabras como huellas abandonadas en la página en blanco). Quizá, como sostiene el propio Hopenhayn, “el paganismo neotribal de nuestras ciudades responde todavía a una sed de utopías: voluntad micro-utópica que busca aglutinarse en tribus o pequeños grupos y que quiere constituir imaginarios irreductibles a la lógica del mercado, al consenso de superestructura y a la racionalización del trabajo” (31). Utópico o atópico, lo cierto es que la herencia de Carlos Oliva dejó la huella de su literatura, las señales en el camino. Un sendero marcado por el color negro de la anarquía y la desesperación, pero iluminado por los candiles de la poesía.



Ottawa, abril 2004 /última revisión: Lima, julio 2004







Bibliografía y notas

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[1] Este ensayo fue presentado en abril del 2004 como trabajo final del seminario “Versiones latinoamericanas de la postmodernidad” a cargo del profesor Gastón Lillo en Ottawa University. Fue leído en JALLA (Lima, Universidad de San Marcos, 9-13 agosto 2004). Queremos agradecer los comentarios puntuales a las primeras versiones de este ensayo por parte de César Ángeles L., Victoria Guerrero, Miguel Ildefonso, José Antonio Mazzotti, Róger Santiváñez, Leo Zelada, Juan Zevallos Aguilar y, especialmente, Luis Fernando Chueca.

[2] En menor medida utilizamos también algunos conceptos de José Joaquín Brunner, Raymond Williams, Slavoj Zizek, Fernando Calderón, Judith Butler, Julia Kristeva y Alicia Genovese. Asimismo, nos valemos de las declaraciones de dos integrantes de esta agrupación (Miguel Ildefonso, Leo Zelada) y de las opiniones de dos observadores locales (Luis Fernando Chueca, Pablo Guevara).

[3] Esto sin descontar a otras organizaciones de jóvenes implicados en el nuevo movimiento social anti-globalización de defensa de los derechos humanos como “Hijos” de desaparecidos en la Argentina, por citar un caso en la región. Alicia Genovese ofrece una óptica de este movimiento desde la joven poesía argentina de los noventa, años que se vieron “atravesados por un crescendo de la violencia en las calles, un aumento de delitos en parte causados por el incremento de la pobreza y la desocupación que trajo aparejada la instalación de la economía neoliberal” (209, todos los énfasis en las citas corresponden a los autores).

[4] Sobre el desempleo, la desocupación, el aumento de la pobreza y la desigualdad en Latinoamérica, véase el libro de José Nun Marginalidad y exclusión social. Véase también El capital cultural de los jóvenes de Roxana Morduchowicz para una lectura de este en tema en relación con la cultura popular, la educación y las imágenes de los medios de comunicación.

[5] Si bien este texto lo consultamos de un libro publicado en 1994, en las fuentes de procedencia de los ensayos incluidas al final de dicho volumen (página 263) se señala que este trabajo de Brunner es de 1991.

[6] Dice Luis Fernando Chueca: “los años 1990-1993 […] sin duda marcan una `primera etapa´ del grupo, ajena en gran medida a la posterior reaparición liderada casi exclusivamente por Zelada” (68). Indiquemos que Leo Zelada luego de una experiencia de cinco años (1993-97) por diversos países de Latinoamérica (Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala, México, Cuba) y Los Ángeles en los Estados Unidos, regresaría al Perú para posteriormente (hacia finales de la dictadura fujimorista) formar una ‘segunda etapa’ del grupo (para remitirnos a la distinción hecha por Chueca) básicamente con nuevos integrantes. Queremos apuntar desde aquí nuestra plena participación en esa ‘primera etapa’ de Neón. Para una primera lectura de la poesía peruana de los noventa en relación con el marco histórico nacional e internacional, véase Ángeles 2000, apartado II.

[7] John Beverley afirmaba lo siguiente en una entrevista efectuada poco antes del 12 de setiembre de 1992, pero publicada un año después: “Fujimori y Sendero han monopolizado el espacio político entre ellos, [representando] ambos dos tipos de autoritarismo relacionados con modelos alternativos de una ‘modernidad’ nacional. Para mí, el esfuerzo de crear una alternativa democrática y popular en el Perú [...] es de hecho ‘postmoderno’, aunque nunca se llamaría así a sí mismo” (Zevallos Aguilar 1993: 44).

[8] El año 2002, diez años después del autogolpe fujimorista y con el nuevo regreso de la democracia formal, un Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación daría como resultado un total no de 25 mil sino de 70 mil muertos y desaparecidos producidos por la guerra interna que desangró al país. 45 mil víctimas más de las que se consideraban hasta el momento previo al Informe, y que sumaron una reducida toma de conciencia en la ciudadanía peruana, históricamente “amnésica”. Dicha Comisión fue creada para “‘esclarecer el proceso, los hechos y responsabilidades de la violencia terrorista y de la violación de los derechos humanos producidos desde mayo de 1980 hasta noviembre del 2000, imputables tanto a las organizaciones terroristas como a los agentes del Estado’, incluyendo las acciones de grupos paramilitares” (Manrique 23). Aquí es bueno señalar que el tercer Mal político que diferencia Zizek es “el Mal ‘terrorista’ fundamentalista, abocado a infligir daños masivos, destinado a causar miedo y pánico” (el cuarto es “el Mal ‘banal’ de Arendt, llevado a cabo por estructuras burocráticas anónimas”). Sin embargo, hemos preferido no incluir este tercer Mal dentro de nuestro análisis ya que, como dice el propio Nelson Manrique, existe confusión cuando se aplica taxativamente el término “terrorista” a Sendero Luminoso: “Cuando se trata de hablar sobre SL, existe una forma de liquidar el debate que se ha convertido en una convención implícita; consiste en calificarlo de terrorista. Cuando la discusión llega a ese punto, aparentemente es imposible decir una palabra más sin correr el riesgo de ser considerado, en el mejor de los casos, como conciliador con SL, cuando no un senderista encubierto. Sin embargo, la caracterización de `terrorista´ aplicada a Sendero, más que explicar confunde, pues no hay manera de entender, a partir de la experiencia histórica concreta de las organizaciones definidas como terroristas, cómo es que al borde de la nueva década [del 90] SL no sólo no haya llegado a su actual nivel de desarrollo, pasando a convertirse en un dato decisivo para cualquier análisis que se interrogue sobre el futuro del Perú. Es necesario distinguir, pues, entre la utilización del terrorismo como arma, práctica a la que Sendero recurre habitualmente, y la naturaleza de esta organización, que es mucho más compleja que el simple terrorismo. Pero para entender el fenómeno senderista es necesario comprender al país que hizo posible su emergencia. Y para explicar su extraordinario desarrollo debemos preguntarnos por las carencias profundas de la sociedad peruana que el mismo delata” (77). En lo que respecta a la opinión que Oliva tenía de Sendero Luminoso, se lee en su “texto confesional” introductorio a los poemas de Lima o el largo camino de la desesperación: “[...]luego vinieron los recitales, siendo memorable el del 17 de mayo de 1991, en el que se presentaron la mayoría de universidades y poetas de la nueva generación, entre sonidos de petardos de dementes en la Ciudad Universitaria [de San Marcos]” (5). Luis Fernando Chueca toma a este recital como hecho simbólico de la silenciosa actitud asumida por la joven poesía de principios de los noventa en relación con la violencia política (116-9).

[9] En una entrevista realizada el 27 de junio de 1992, y publicada un año después, Zelada (quien por entonces aún se presentaba públicamente con su nombre bautismal Rubén Grajeda, hecho que anotamos pues como tal aparece declarando en la entrevista que mencionaremos enseguida) daría cuenta de otros aspectos del grupo: “Neón pertenece a las calles de la ciudad, no a un solo lugar. Nos hemos reunido en la plaza Francia, en la avenida Tacna, en cualquier lugar donde nos agarraba la noche. Un local siempre implica por un lado gastar -cosa que por lo general no podemos- y por otro lado cierta formalidad, una limitación para las ganas de expresarnos que teníamos. Hemos frecuentado casi todos los lugares en donde hay un bar, pero hemos preferido los lugares abiertos. Quiero referirme a la cuestión familiar que se ha mencionado antes: Neón para muchos de nosotros ha sido una familia; entre nosotros nos hemos acogido y apoyado, nos hemos contado frustraciones y alegrías, nos hemos aceptado tal como éramos, sin distinguir opciones sexuales ni políticas. Alguna gente nos llama marginales. Como ahora hay un auge de la poesía `maldita´, rebelde, a Neón le achacan también esa denominación y por eso dicen que somos marginales. Ahora también es una moda llamarse marginal, hay gente que vive de eso. Sin embargo, como nosotros rechazamos una serie de convenciones, también estamos al margen. Rechazamos cosas, las cuestionamos, discutimos para saber mejor quiénes somos y qué hacemos, no discutimos para golpear. Los cuestionamientos tienen el fin de llegar a algo, de encontrar salidas. Si no cuestionáramos no estaríamos vivos. Somos escépticos ante el discurso político, ante el poder oficial, ante las racionalidades formales, pero no ante la vida” (Alonso 27).

[10] Continúa sosteniendo Hopenhayn: “La fusión neotribal vuelve con otro sentido, como repulsa y protesta contra un orden que prescribe la identificación con el status quo, pero también como experiencia expansiva en esa misma protesta. El rechazo de los límites consiste menos en una invocación crítica que en un gesto afirmativo que se justifica por el rebasamiento que provoca en su artífice. El recurso a la transgresión implica otra propuesta contestataria: la distancia crítica se revierte en efusividad del desborde. No importa la falta de agudeza siempre que el derrame emocional sea una evidencia experimental más que una propuesta y que la transgresión sea afirmativa por la irrecusable exploración que provoca en la subjetividad. Importa menos su duración que su vibración, y menos sus encadenamientos hacia delante que su recurrencia espasmódica (su eterno retorno). La proliferación de tribus urbanas es sintomática. Rock, fiesta improvisada, encuentro esotérico, manifestación espontánea, barras de fútbol, grupos anfetaminizados o cannabizados, danzas terapéuticas, constituyen balbuceos tribales por cuyo expediente se busca este coqueteo con lo no domado: como rebasamiento y fusión en el rebasamiento, autodisolución o fiesta dionisíaca en que convive la alienación del yo con la liberación del yo. La droga también expresa esta rebelión contra la autocontención gregaria. Nuevo panteísmo urbano-moderno despoblado de dioses pero hiperpoblado por energías, nuevo paganismo envasado en mil rituales que invitan a romper el tedio de la individualidad o el sopor de la consistencia” (31).

[11] “El compromiso con la poesía -expresada en una exaltada voz, irreverente y coloquial- lo obliga a sumergirse vitalmente en el ‘largo camino de la desesperación’”, sostiene Chueca (81). Afirmación que se puede engarzar con lo escrito por el propio Oliva en el ya mencionado texto introductorio de su poemario: “El poeta, como dice Pablo Guevara, no es solamente un acto de escritura sino también un acto de existencia” (6).

[12] De hecho, uno de los poemas del libro está dedicado a Allen Ginsberg (“A un viejo poeta en Norteamérica”, 21).

[13] Veamos el siguiente concepto de ciudadanía dado por Carlos Vilas: “[…]ciudadano se refiere a un grupo de individuos libres e independientes que gozan de derechos de participación que compensan y, al mismo tiempo, ocultan las desigualdades socio-económicas, [mientras que] las relaciones de opresión, pobreza y explotación restringen el efectivo ejercicio de estos derechos ciudadanos. La fragmentación de la sociedad en diferentes tipos de comunidades es indicativa del carácter incompleto del proceso de individuación social[,] uno de los prerrequisitos de la existencia de la sociedad civil[…] Así, no toda sociedad es una sociedad civil. De manera similar, la ciudadanía no es simplemente el reconocimiento de los derechos formales sino más bien el resultado del proceso de una condición política, económica y cultural particular, históricamente constituida” (citado por Ileana Rodríguez).

[14] Vale la pena atender la siguiente observación de Judith Butler en El género en disputa, un libro que invita a promiscuirse con su apasionante e inteligente lectura del género (sus significados, sus normas, su construcción cultural, sus ‘naturalizaciones’): “No creo que el estructuralismo implique la muerte de la escritura autobiográfica, aunque sí llama la atención hacia la dificultad del ‘yo’ para expresarse mediante el lenguaje con el que cuenta, pues este ‘yo’ que los lectores leen es, en parte, consecuencia de la gramática que rige la disponibilidad de personas en el lenguaje. No estoy fuera del lenguaje que me estructura, pero tampoco estoy determinada por el lenguaje que posibilita este ‘yo’. Éste es el vínculo de autoexpresión, tal como lo entiendo” (2001: 23).


[15] Como señala César Ángeles: “Ya el romanticismo y el simbolismo francés terminaron de cambiar para la literatura contemporánea el punto de vista acerca del ‘héroe’; dando cuenta de un individuo que, como tal, fracasaba socialmente, pero lograba revertir esto potenciándolo como radical y digna contestación al frívolo mundo burgués. En cualquier caso, extrapolaron su escenario de victoria a otro territorio, lejos del fallido racionalismo y más cerca de lo ignoto, lo inefable. Expandieron el alma-oscurecida para espantar a esa conciencia infestada de armonía y confort fatuos. Este decurso individual fue llevado a extremos, en el siglo pasado -sobre todo por el existencialismo-; y entonces fue más evidente que si ‘héroe’, al clásico modo, encarnaba positivamente valores y conductas del orden social imperante, la nueva alternativa era un sujeto -heredero del siglo XIX- que asumía radicalmente lo contrario: el pecado, el mal, la marginalidad, el vicio, el absurdo... y por ello convenía percibirlo provocadoramente como ‘antihéroe’” (2001).

[16] En su texto ya citado el poeta es consciente de sus “muchos excesos”, pero a su vez exige que lo dejen vivir su propia existencia la cual, como hemos visto páginas arriba, se encontraba confrontada con esa desesperada búsqueda de su propia muerte: “Se ha tratado de mitificarme. Se ha propagado la imagen de un poeta marginal envuelto en la más patética leyenda negra. // Es cierto que en mi vida he cometido muchos excesos y tal vez gran parte de lo que se habla de mí sea verdad, pero también creo que uno es libre de hacer lo mejor que le parezca sin tener que ser cuestionado por los demás. Yo pretendo mantener mi privacidad y no me gusta que husmeen en ella. Pero también creo que han exagerado mucho al hacer comentarios sobre mi vida” (6).

[17] Con ocasión de un homenaje tributado a Oliva por los poetas de Neón y otros artistas jóvenes en abril de 1994, es decir tres meses después de su trágica muerte bajo las ruedas de un informal transporte urbano en la periferia del centro histórico de Lima, uno de los invitados, el poeta Róger Santiváñez, leyó un testimonio que entre otros aspectos señalaba lo siguiente: “En 1993, una de las noches de Lunes en Quilca, apareció Oliva en la Reja en medio de la poesía y el rock. Con sus ojos de tigre inquieto, su delgada figura y su personalidad dotada de un contagiante nerviosismo; el Rey de la calle sonreía entre el humo y el fragor de la noche oscura del alma. // Noche que posiblemente lo llevó a salir de su casa e internarse en la selva maldita de la cocaína base, para nunca más volver. Una noche de noviembre visité aquella selva de mi soledad y cuál no sería mi sorpresa: irreconocible Oliva me pasa la voz y se adelanta ante el lumpen imponiendo respeto para la poesía. Abandoné la zona dark después de un abrazo a Oliva. No sabía que era el último que nos íbamos a dar. Me conmovió su entrega a la destrucción que conlleva esa droga, pero no pude alucinar su muerte, quizá porque siempre nos queda un resquicio de solución y esperanza. Pero él no lo quiso así. Por el contrario optó por la destrucción y murió en su ley. La ley de la calle, allí donde fue un rocker desde adolescente[...] Pandillero y rebelde como él solo, terriblemente tierno. Oliva es el héroe de nuestra época. Murió por salvarnos a nosotros. De eso estoy seguro. He allí su poesía y su gloria” (1997: 7).

[18] “Poesía con cólera” fue el nombre de un ciclo de recitales de poesía joven que organizó en 1991 el grupo Neón en doble alusión a su propia ira contra el estado de cosas y a la enfermedad (el cólera) que por ese entonces asolaba el país. “Rabia de mujer” fue otra actividad de alusión similar.

[19] Imagen que trae a la memoria la despectiva expresión “la manada Neón” (emitida a raíz de lo que denomina “el gesto neo-vanguardista egocéntrico disfrazado de opción colectiva”) que utilizara Miguel Ángel Huamán en un trabajo concerniente a otro sector de la poesía peruana (1994: 276; trabajo que mereciera una crítica de Juan Zevallos Aguilar 1996). Una versión más reciente del fallido sentido del humor del profesor Huamán puede apreciarse en las siguientes líneas, escritas a propósito de una explicación de la différance derridiana en el contexto del castellano andino del Perú: “Existen [...] infinidad de chistes que aluden directamente a esta presencia de la lengua de sustrato; por ejemplo, uno en el que un criollo violador escucha gritar a la muchacha andina, que tiene el dedo aplastado y él no sabe: ‘Me dido’ y se burla diciéndole que nada de ‘medido’, que ya lo tiene todo adentro” (2003: 103).



[fuente: Revista Espéculo, no 29. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid]